sábado, 16 de mayo de 2015

TODO LO QUE USTED SIEMPRE QUISO SABER SOBRE JAPÓN Y LO QUE NO, PERO LE CUENTO IGUAL

Realmente la pereza le ha ganado a las ganas de escribir estos últimos… años. Sin embargo, Japón amerita que me levante temprano y cuente. Porque es otro planeta. El destino de la evolución humana si nos convirtiéramos en droides. Japón es… Japón.

Para empezar, nada mejor que uno de los principales placeres cotidianos que Japón supo cómo convertir en una experiencia única y sin igual: ir al baño.
Sí, Japón tiene inodoros con telecomando. Una suerte de teclado junto al retrete le permite al usuario desde regular el chorro del bidet y su temperatura hasta calentar el asiento y poner música. Porque los japoneses están un paso más allá que el resto del mundo, uno de los botones reproduce el famoso “ruido de tirar la cadena”. Sí, amigas, cuando uno quiere hacer el número dos en un baño público y debe falsear el uso de la cadena para ocultar con pudor una necesidad fisiológica básica… Japón te pone un botón y listo. 
 Qué decir del asiento tibio… Todas sabemos de “la posición”, esa pose semi agachada, semi inclinada, casi sentada que todas ejercitamos en cada baño público. Disculpen chicas, pero al momento en que el asiento está tibio, te sentás. No lo podés evitar. En un micro segundo todos tus miedos a las bacterias, las potenciales infecciones urinarias y enfermedades venéreas que una cree que el apoyar el culo en el inodoro acarrean se disipan  y te encontrás, sin quererlo y sin saber cómo ocurrió, sentada. Sentada en un baño público, querida amiga. Y no te importa nada. Ya no hay vuelta atrás.

Pasaron de la letrina al súper inodoro (es por eso que aún se pueden ver carteles como el de abajo). Eso hizo Japón, así, sin término medio.


Paseando con las chicas de forma boludamente turística se nos antojó tomar un café. Estábamos en medio de “la zona de manga y animé”, es por eso que tratamos de encontrar un lugar acorde.
Fue ahí cuando nos topamos con el “maidcafe”


Subimos las escaleras un tanto temerosas para descubrir que estos “cafés” son puestas en escena que recrean los personajes femeninos del animé. Tiernas, inocentes y juveniles niñas vestidas de mucama les sirven un té a los muchachos, prestando también servicios de diversos tipos como contar un cuento y demás estupideces que una jovenzuela de 14 años querría hacer. Las chicas tienen, supuestamente, arriba de 20 años (aunque aparentan 15) y se peinan, visten y ponen lentes de contacto para parecerse al máximo a los deformes e irreales cuerpos y modelos del animé (y por qué no, del hentai también…). No nos tomamos nada. Fuimos a un Starbucks pensando en qué le habrá pasado en Japón al viejo y bien conocido prostíbulo de antaño.

Caminando por ese barrio, nos adentramos en una tienda de varios pisos que tenía todas las pelotudeces que uno se pueda imaginar a todos los precios, todos los tamaños para el bolsillo del caballero o la cartera de la dama. Con figurines, fotos, libretitas, brillitos y demás de todas, TODAS, la series de anime que existen en el universo. Yo me saqué una pulserita de Sailor Moon y amenacé toda la semana en convertirme en caso de ser necesario.

La comida

La comida en Japón es, para mí, muy sabrosa y un tanto diversa. Todo gira alrededor del concepto de sushi, aunque no se come tanto sushi. Raro. Algo interesante son las vidrieras de los restoranes. En todas se pueden ver réplicas de los platos hechas en (vaya uno a saber) ¿plástico? ¿Resina poliéster? Se ve que en Japón todo entra por los ojos.

Algo de lo que hay mucho en Japón también es gente. Principalmente, japoneses. O bueno, eso cree uno. Así y todo con sus más de cien millones de habitantes, me atrevo a decir que es uno de los países más seguros del mundo: no pudimos más que maravillarnos al enterarnos de que cada bici tiene un código, así que si uno la chorea, la encuentran. Sí, en Tokyo. Sí, la bici. Pobres suizos que se quisieron hacer los graciosos y terminaron en la comisaría… (historia verídica). 

Hay gente y robots, obviamente. Según Paul, la era de las estatuas ha caducado, es por eso que el futuro del arte son los robots. Le voy a comentar a mi amigo Mati, Licenciado en Historia del Arte y amante de Robotech: Japón es su lugar.





Y como Japón todo lo puede, también tienen la estatua de la libertad.



Japón también tiene shoppings. MUCHOS. EN TODOS LADOS. Los japoneses trabajan, mucho. Demasiado. Es por eso que uno de cada diez coches es un Porsche, como el que tenía Ichiro, nuestro anfitrión en Couch Surfing, estacionado en su puerta.

Una gran aventura es tomarse el famoso tren bala (creemos que recibe el nombre por su velocidad, no por su orientación sexual).
Principalmente, porque los asientos son muy cómodos, los baños… oh, los baños. Y claro, uno puede comprarlo todo. Porque en Japón, todo se puede comprar, en todos lados.
Es por eso que en el tren uno puede adquirir:

Un protector de uñas (ríanse, Paul necesita uno. Si pudiera dar una patada ninja el riesgo es más que te degolle y te desangres antes de que te golpee).

O también:

El famoso “espanta suegras abdominal”, el cual combina la alegría del carnaval con la ejercitación muscular.

Obviamente también se pueden adquirir:

Y quién no necesita en su casa:

                                                   ¡Un taburete de felpa con forma animal! 

O también el famoso:

                                                                 ¡Jarrón de puteadas!
Está científicamente comprobado que la bien conocida caja de Pandora no era otra cosa más que puteadas acumuladas por años que, al liberar el pestillo y abrir la caja, condenaron a la humanidad a un sinfín de plagas. 


En definitiva, Japón lo tiene todo. Uno no puede más que agradecer su existencia y volver pronto  a disfrutar de la magia de una sociedad donde la mayor causa de muerte son los suicidios mientras que  su gente sonríe, agradece, respeta y pide disculpas a cada momento… 

                                                                    Gracias, Japón. 

martes, 20 de enero de 2015

QUÉ (NO) HACER EN UNA RELACIÓN A DISTANCIA

Tras casi un mes y medio sin ver a mi esposo, he logrado resignar mi orgullo y admitir, muy a mi pesar, que lo extraño. Y que la mujer fuerte, independiente y autosuficiente que fui (y tal vez aún soy), se siente mejor si lo tiene al lado.

Es esta mi segunda experiencia de “relación a distancia” y, por más que no me siento en condiciones de dar consejos sobre qué hacer para mantener “la llama viva”, sí he cometido suficientes errores como para enumerar todo aquello que NO hay que hacer*. A continuación encontrarán un listado de opciones a NO seguir en caso de encontrarse en una relación a distancia (más de una se aplica a relaciones convencionales también).

1) NO ROMPA LAS BOLAS. Como se menciona anteriormente, este apartado es aplicable también en todo tipo de relación. Salga, pasee, diviértase. No le rompa las bolas al otro sólo porque está lejos.
2) NO MANDE MENSAJE NI LLAME CADA 35 SEGUNDOS. Este ítem, intrínsecamente relacionado con el anterior, expresa una clara tendencia del alejado a intentar acercarse por medio de la telefonía móvil y las redes sociales. No lo haga.
3) NO SE ENOJE. No hay nada peor que una pelea a distancia. Si eliminamos el contacto físico, las gesticulaciones, la gracia propia del “estar en vivo”, una pelea a distancia sólo nos deja una voz que recrimina y exige (atención, tiempo, cariño, etc). Convengamos que, aunque el cariño suele seguir intacto, dos meses sin ver a la persona amada pueden apaciguar ciertas sensaciones. En otras palabras, tras dos meses de no ver a alguien, no se está en la cresta de la ola. Recriminaciones y enojos por parte de cualquiera de los dos lados sólo lograrán que el otro corte el teléfono y vuelva a ver la película libanesa con la fotógrafa esa que encima está re buena.
4) NO AMENACE CON CORTARSE LAS VENAS CON UN CUTER FRENTE A LA CÁMARA DE SU PC. Creame, no funciona.
5) CUIDADO CON LAS FOTOS SEXYS. Si usted se encuentra en sus veintes, cualquier video o foto habrá de ser bienvenida y vista en muchísimas ocasiones. Hasta luego de haber terminado la relación (que no funcionó porque era a distancia, obvio). Si, por el contrario, usted sobrepasa los treinta, ha subido de peso y perdido pelo, le recomendamos, por el bien de su relación, abstenerse de cualquier demostración virtual de erotismo.
6) NO SE ACUESTE CON OTRA PERSONA. Si lo hace, aténgase a las consecuencias.
7) NO ETIQUETE A SU PAREJA EN PUBLICACIONES DE MIERDA. Si usted no se encuentra cerca de su pareja para mearla, la forma más aceptada de marcar territorio hoy en día es el tag en las redes sociales. Así, haciendo público el hecho de que se está en pareja uno cree estar tomando posesión del otro a través del famoso “tag” o etiqueta. Encontramos entonces publicaciones como: “Carlos Luis Gutiérrez te estranio y pienso en voz cada dia”. En el muro de Carlos Luis, seis veces al día.
8) NO LE CUENTE A SU PAREJA CADA DETALLE INTRASCENDENTE DE SU VIDA DIARIA. Seguramente, a nadie le interesaba el valor de la cebolla o que hoy hace más frío que ayer cuando lo contaba en vivo y en directo. Pero cuando uno tiene sólo conversaciones telefónicas con el otro, la palabra cobra otro sentido y se hace más difícil no prestar atención a lo que el otro dice.
9) NO LLAME A LA FAMILIA O AMIGOS DE SU PAREJA PARA DECIRLES QUE ES UN/A PELOTUDO/A. En primer lugar, porque seguramente ya lo saben. En segundo lugar, porque seguro después se va a arreglar la cosa y la humillación pública no se la quita nadie.
10) NO FINJA UN EMBARAZO. Meno aún si el periodo transcurrido entre la última vez que usted vio a su pareja y la gestación del niño que usted lleva en su vientre no son coincidentes. 
Por último, y creo que la más últil de todas,  
11) DELE AMOR A SU PAREJA Y HÁGALO SENTIRSE QUERIDO/A. Piense en qué es lo que el otro necesita para sentirse bien y téngalo en cuenta. Esta única regla hace innecesario siquiera considerar todas las anteriores.



*NOTA: cabe mencionar que NO he cometido todo lo enumerado en la lista. Algunos ejemplos parten de mi conocimiento general de mundo y sentido común. 

miércoles, 14 de enero de 2015

VOLVER

Con la frente marchita… o bueh, en mi caso, cagada de frío.

Para el que se va a vivir fuera, volver es siempre todo un tema. Creo que mucha gente ha ya ahondado en la nostalgia, en cómo se percibe el lugar en que uno vivió, los cambios del barrio, del país, etc. Hoy me interesa reflexionar sobre la gente. Qué pasa con las amistades del que se va.

Cuando uno se va, obviamente, todas las vidas continúan. Yo he hecho amigos en Ushuaia, México, Bélgica y, ahora también, en Mongolia. Pero para uno, para el que se va, las últimas amistades que deja en el lugar de donde parte son las que quedan. Es como si súbitamente se detuviera el tiempo y uno intentara cortar y pegar el último día en que estuvo (hace un año, dos, tres) y el ahora.

Los que quedan saben que uno siguió con su vida, porque tienen Facebook. Al mismo tiempo, hacen nuevas amistades, generan nuevos vínculos, se pelean, se amigan, se separan. Sus vidas cambian. Para el que se fue, estos cambios son más difíciles de percibir. Cuando uno pone una foto de China, todo el mundo sabe que anduvo por Asia. Cuando uno se deja de hablar con alguien de un grupo de amigos de antaño, no lo publica en Facebook.

Así, suele pasar que cada vez que vuelvo me pongo a contactar a la misma gente que sentí cerca hace siglos (porque son los que me unen a Buenos Aires). Con más de uno de ellos, a veces ni siquiera intercambiamos un mensaje en todo el año. Los resultados son de lo más diversos. De a poco me empiezo a enterar que fulano ya no es amigo de mengano;  que otro está enojado conmigo; que a uno siempre le caí mal; que otro cree que me morí y así sucesivamente.

Hay gente que se sorprende, al mejor estilo “¿por qué me llama a mí para tomar un café?”. Otros no responden y otros se alegran.

Cada vez que vuelvo se da este ritual de desempolvar mi agenda y reunirme con todas esas personas que están presentes en mi memoria, pero que no veo desde hace mucho.

Este año en particular, la trama se complejiza porque no sólo los he contactado, si no que los he invitado a mi casamiento (música de suspenso). Mi invitación al evento por Facebook ha generado reacciones de todo tipo: un amigo creyó que era una broma; familiares lejanos contestaron automáticamente con la mayor de las alegrías; gente que fue invitada pero no es de extrema confianza se sorprendió y no sabe si aceptar o no; algunos todavía ni se enteraron de que me caso. Menos aún de que están invitados. 

Es por eso que me veo ahora en la obligación moral de explicar por qué me caso. Y por qué invito a mucha gente.
Creo que éstas son casi las mismas palabras que usé en la boda de mi amiga Mariana. Cuando uno comienza a viajar, el primer impacto que recibe son los paisajes. Las maravillas de la naturaleza. Todo es sensorial. Con el tiempo, “lo bello” se naturaliza y cada vez cuesta más estimular las percepciones de alguien que ha visto mucho. Los paisajes pierden su protagonismo para cederle al lugar a la gente. La calidez, la hospitalidad, la sensación de bienvenida se vuelven la clave para decidir si una ciudad es bonita o no.

Mi vida estos últimos años ha sido una larga sucesión cíclica de trabajo-ahorro-viajo. Al inicio de uno de los últimos ciclos, mi próximo destino era Asia. A Paul le ofrecen un trabajo en Mongolia, justo está en Asia, nos tenemos que casar para que sea todo más fácil. Y así sin más un día, medio de la nada, me encuentro diciendo “che, ¿y si hacemo una fiesta?”. Minutos más tarde: “Y si la hacemo en Argentina?”. Desde ese momento en adelante, Indonesia, Tailandia y Cambodia perdieron todo mi interés. Al principio era una quinta. Seguro había asado. Después hubo vino. Iban mis amigos. Y la familia de mis amigos. Y los amigos de mis amigos. Y la vecina, Daniela, porque la invitó a mi abuela al cumple de 15 de su hija. Y ahí se fue de control. Ahí ya no había Asia, África ni Disney que me sacara de la cabeza la imagen de todos mis amigos y conocidos de todas partes del mundo reunidos, por un día, con pileta asado, vino y campeonato de truco. En mi país.

Así, hoy puedo decir que tras años de recorrer muchos países mi viaje más importante es el mes que viene. Un día en mi vida en el que juntaré todo lo que me dejó el ser una trotamundos: la gente; mi compañero de vida, mi familia, mis amigos, más un buen asado, buen vino y una pileta. Espero que todos me puedan acompañar en esta aventura. 

viernes, 27 de junio de 2014

Vivir un mundial en otro país

Nunca fui muy fanática del fútbol (¿el técnico? ¿este año? Pasarela, ¿no? Ah, no, Pekerman). Sigo creyendo que Simeone aún juega y que Verón está en el plantel. Mis conocimientos de fútbol quedaron allá con mis amigos y familia, parece.
Sin embargo, el mundial, como todos ya sabemos, tiene esa mágica capacidad de volvernos ultra nacionalistas de un día para el otro y convertirnos a todos en unos entendidos. Hasta opino, mirá, quién lo iba a decir. Ahora ya sé quién es Dimaría, el Pipita y sé hasta los detalles de la vida conyugal del Kun (al resto, exceptuando a Messi, creo que no los conoce nadie tampoco, ¿no?).
En  Bruselas, Bélgica, un grupo de Facebook organiza los encuentros en un mega bar donde se venden empanadas, bailamos cuarteto y profesamos un exceso de argentinidad que le daría asco al porteño promedio. Fuera del bar somos uno más. Otro inmigrante, otro extranjero.

Pasé el mundial anterior en Colombia, festejando con mi amiga española. No me acuerdo si la selección colombiana había siquiera clasificado. Pero en Bélgica la cosa es diferente. Por primera vez en años clasifican y, como si fuera poco, ganan y pasan a octavos. Una locura. Banderitas, pancartas, remeras, caras pintadas, propagandas... Buenos Aires en rojo, negro y amarillo (los colores de la bandera. Sí, ya sé, yo tampoco la conocía antes de venir). Me perdí el primer partido trabajando pero, teniendo amigos belgas, me vi forzada a ver el segundo. En un bar. Cantos, gritos, euforia.
Para el que es tan desentendido como yo sobre los pormenores del balón pie, debo destacar que no es casual que Bélgica no haya estado en mundiales anteriores: juegan mal. Bélgica juega bastante mal (a diferencia de Argentina que sólo está pasando una mala racha, OJO). De todas formas, la esperanza es lo último que se pierde, es por eso que cuando uno mira un partido rodeado de locales, los gritos comienzan en el momento en que un jugador belga toca la pelota. El mismo puede estar en su propio lado de la cancha, junto a su arquero, puede convertir un gol en contra, no importa, si Bélgica está en poder del esférico (esta variación para decir "pelota" la aprendí hace poco) la reacción de la gente es siempre la misma: locura. Sin ir más lejos, anoche contra Corea (creo fervientemente que los coreanos deben de tener aptitudes para todo, menos para el fútbol) ni bien Bélgica pasaba la media cancha, se escuchaban gritos de gol. La pelota pasaba a tres metros del arco del oponente y se miraban entre ellos aspirando saliva con el característico gesto de "la pucha, casi". Los pases iban a los coreanos; cada tres segundos alguien hacía una falta; cada rechazo del arquero belga era una fiesta (jugó bastante el arquero, eso es cierto. Aunque Corea se empeñaba en que ningún tiro fuera realmente una amenaza); "la figura" erró tres goles que, no voy a decir que yo habría hecho porque diosito no me dio habilidad física alguna, pero que cualquier persona normal haría. Y así y todo, festejaban, como nunca.

Sólo espero que Argentina le gane a Suiza. Y que Bélgica le gane a los Estados Unidos. Y así se dé el gran Bélgica - Argentina y yo pueda llegar al bar con mi camiseta (que voy a tener que comprar porque nunca tuve una y ya me dijeron de un lugar donde se ve que son truchas y están bastante baratas pero bueno, qué importa, ¿no?). Y ahí, ahí sabrán lo que es el fútbol... porque casi que todo lo demás ya lo saben. Pero qué es el fútbol. Eso sí que no.   

jueves, 9 de enero de 2014

La vida europea: aprendiendo a ser burguesa

Y la verdad es que se aprende rápido...
Tal y como se puede ver en mi crónicas anteriores (si no las vio, no importa, me gusta autocitarme), se podría decir que es difícil pertenecer; es complicado ingresar al sistema europeo.
Se necesita, fundamentalmente (cabe destacar que son muy severos con las regulaciones y el cumplimiento de requisitos en este aspecto), ser europeo. Una vez que uno dispone del pasaporte, sólo quedan una serie de trámites burocráticos (el domicilio, papeles, contratos, impuestos, seguridad social, carnet de identidad) y listo. ¡A gozar!
Cuando se  tiene el bendito librito bordó y un teléfono y una computadora y un domicilio real y una cuenta bancaria y un contrato de trabajo, ya está. No se necesita nada más.


Sé que más de uno pensará "mierda, conseguir todo eso no es tarea fácil". Sin embargo, el infinito horizonte de holgazanería y relajación que suceden al lograr pertenecer, hacen que valga la pena el esfuerzo.
Al momento en que uno alcanza lo que el estado requiere como necesario para ser un ciudadano digno, ¡se puede dejar de serlo!  Debo confesar que aunque me siento tentada a pedirla, no recibo ayuda social alguna. Ya que, con algunas horas de clase privadas por semana  me alcanza y sobra para vivir y viajar. Si a eso le sumamos que no pago alquiler y que soy una rata que sólo consigue cosas de segunda mano o de mercados gratuitos (sí, acá hay mercados gratuitos. Llevás lo que ya no querés, te agarrás lo que te sirva de lo que los demás dejan), listo calisto.

El problema es qué hace uno con tanto tiempo libre. El europeo promedio trabaja mucho, no se conforma con las tiendas de segunda mano, siempre hay un teléfono más nuevo y más caro que adquirir y además, todos esos años de formación de materializan en puestos cada vez más altos y tareas más complejas. Si, como en mi caso, uno no aspira a escalar posiciones o no le interesa adquirir objetos nuevos, uno se encuentra con la sorprendente realidad de que trabajando poco, alcanza y sobra.

Para responder a la pregunta anterior se me ocurren varias opciones: a) estudiar (en francés? en serio? Después de dos niveles de francés decidí que el idioma mucho no me gusta. Ahora estoy aprendiendo rumano); b) ser madre (en Bélgica? con este frío?); c) Salir. Ver museos, exposiciones, muestras (en Bélgica? con este frío?); d) Leer. Mucho. Y escribir. Mucho (en francés? con este frío?).

Por lo tanto, aunque Europa me ha dado una estabilidad que me asusta con lavavajillas, microondas, lavarropas y una heladera llena de comida, añoro con nostalgia, por momentos, mis noches de aventurar en Belize durmiendo con cucarachas. Si hay algo que aprendí con los años, sin embargo, es que no hay ni bien ni mal, ni blanco ni negro y aunque mis años de viajera son muy diferentes de mi realidad, si hoy por hoy me he convertido en una cerda buguesa es porque soy bastante pelotuda, no porque Europa sea despreciable y lationoamérica la panacea.


Así que me senté frente al ordenador  y me dije "Sofía, qué bien tenés el cutis"(porque justo me había puesto una crema que me regalaron, pero, no, no, me dije otra cosa). Me dije: si te molesta estar pasiva, hacé algo y no seas tan estúpida como para culpar a la sociedad y al entorno que te rodea por haberte dado más del confort que necesitabas. Así que escribí esto, que no es gran cosa pero convierte mi día en algo un poquito más productivo.    

lunes, 12 de agosto de 2013

Trabajar con niños por un año – confesiones de una profesora que prefiere trabajar con adultos



Trabajar con niños es- los pequeñines son- la experiencia es… interesante. Como en el mundo y en la vida real, algunos te caen bien y hay otros a los que sencillamente querés cagar a trompadas. Hay, sin embargo, un fuerte pudor con el admitir abiertamente “ese nene no me gusta porque me cae mal”. Principalmente porque uno, como educador y enseñante, debería liberarse de prejuicios y tratar a todos por igual.
Eso es una mentira. Sepan la verdad. A la maestra, algunos le caen bien y otros le caen mal y los que caen mal reciben otro trato. Es así.
A veces, los que caen mal son maleducados, caprichosos o molestos. Otras veces,  simplemente…  caen mal. En mi caso en particular, suelen gustarme los marginados (me rompen bastante las bolas, pero no puedo evitar pensar que son el producto de padres desamorados), me gustan los que son independientes y me encantan los que se portan bien. Uno se pregunta el porqué de estos estereotipos, por qué a la maestra le caen siempre bien los chupa medias, los que hacen la tarea, los cerebritos… no es que caigan SIEMPRE bien, pero cuando tenés un montón de pendejos a los que no le interesa un carajo lo que estás diciendo haciendo quilombo  y tenés uno ahí solito, perdido, con cara de gil que te pregunta cosas interesado en el juego y la actividad… le tomás cariño. Eso es inevitable. Sí creo romper con el estereotipo de que sólo los inteligentes o con aptitud para el aprendizaje son los preferidos, porque estos me caen mal sin no muestran interés. En cambio, los duraznos que intentan e intentan y le ponen garra… esos quedan en el corazón.
En definitiva, los nenes no son todos lindos. Algunos son tan hincha pelotas que sus padres pagan mucho dinero para que pasen 8 hs diarias conmigo todo su verano (estoy replanteándome el para qué adoptar, ya cuido los hijos biológicos de otros y encima me pagan, je). Ahora, el dilema es qué fue primero ¿la rompepelotez o el desentendimiento parental?
Porque en Europa hay mucho confort, lujo y bienestar, pero los instintos y los lazos familiares caducaron el siglo pasado… están demodé.
Señor padre, si su hijo es un rompe pelota, quédeselo usted en su casa algunas horas diarias y pregúntese por qué carajo le salió así, ¿no le parece?  Si me lo manda a mí, sepa que existe la posibilidad de que en algún momento de la semana, lo trate mal.

martes, 19 de marzo de 2013

La clave del éxito

El título de esta crónica genera mucha expectativa, ¿no? Bueno, tal vez no, pero al menos suena prometedor. Quizá el lector anticipe una disertación sobre negocios, economía y finanzas; aunque si me conoce, seguramente no lo haga. O quizás, para ponernos en un plano más espiritual, más de uno crea que voy a profundizar en el ser y la existencia. Pero no.
En Latinoamérica, más precisamente en Buenos Aires, más puntualmente en la provincia, más concretamente en mi casa, la clave del éxito es tener novio.
Llegamos con Paul* un domingo por la noche para vivir dos semanas intensas de vida social, sol, calor y cariño. Lo que para él eran "vacaciones" se convirtieron en un recorrido frenético y vertiginoso por casas de familiares y amigos. El cambio fue imperceptible, casi natural. Creo que un tanto inducido. Poco a poco, cada pariente y/o amigo me recibía con un "¿y dónde está Paul?" o más bien "che, ¡qué divino Paul!". Más de uno no podía disimular su genuina sorpresa acompañada de un "che, qué bien, ¿eh?" con las cejas arqueadas ocultando quizá un "yo que creí que era lesbiana...". Estaban aquellos cuya sorpresa era visible pero lograban disimularla. Otros, como mi abuela, por ejemplo, no escatimaban en halagos y declaraban abiertamente su desconcierto "pero, ¿cómo hiciste para enganchar un tipo así? Es bueno, dulce, buen mozo y tiene plata. No lo dejes, ir, ¿eh? Tonta, no lo dejes escapar, ¿eh? Casate, con este casate". Paul presenciaba la escena riéndose. Sí, mi abuela hablaba siempre delante de él. Sí, sabe que entiende español. Sí, mi familia es especial. Sí, los quiero mucho igual.
Como todo, el éxito llega así de un día para el otro sin que uno se dé cuenta. Dos semanas juntos con el ex "rumano raro" significaban para mí todo un reto. Como reconocida "commitment freak" en recuperación y tras esporádicas inseguridades y loqueos, la idea de que por una semana él pudiera viajar con sus amigos, me tranquilizaba. Grande fue mi sorpresa al descubrir que la gente quería más verlo a él que a mí. Pero fue todavía aún mayor al darme cuenta de que les caía bien, muy bien y, por extensión, ósmosis o vaya uno a saber qué, yo también caía mejor. Lamentablemente, sus amigos tuvieron que pasar más tiempo solos mientras la agenda de Paul se llenó de sobreturnos.
No me parece un gran descubrimiento científico el intentar definir a las personas por quienes la rodean. A veces uno peca de prejuicioso, pero si uno tiene buenos amigos, o una buena pareja o linda gente a su alrededor, por algo debe ser. Paul generaba comentarios del estilo "es una dulzura", "es un amor de persona", "che, tiene facha, ¿eh?", etc, etc. Y, por extensión, todo lo bueno de él se reflejaba en mí. Así, poco a poco fui relajándome y, por qué no, disfrutando cada vez más de que la gente viera a "mi Paulcito" (también conocido como Tototo). Y, el pobre Paul, de pasar un primer día tranquilo en el jardín, tuvo que asistir a un asado, una mateada en familia y una choripaneada el día antes de partir. Porque no era cosa de irme sin que lo vieran. Quién sabe si lo iba a volver a llevar en mi próximo viaje...
Tras muchas idas y vueltas, después de recorrer un continente sola; vivir y conocer las playas más lindas del caribe; estudiar; trabajar, de lo que sea; aprender a armar una carpa en cinco minutos en medio de la nada; conseguir casa, trabajo y amigos en Europa en plena crisis... lo único que necesitaba para alcanzar el éxito y reconocimiento de los míos era novio! Pucha, de haberlo sabido antes.

Hago uso de este espacio para agradecer a Paul, quien no, gente, no fue contratado para el viaje, no recibió dinero ni favores de ningún tipo. No, no duda de su sexualidad tampoco. No fue drogado ni forzado a viajar conmigo en calidad de novio. Y mostró una gran entereza y civilidad al hojear cada álbum de casamiento y responder con una sonrisa a preguntas sobre nuestra futura boda, cantidad de hijos a tener y demás cuestiones de índole personal y privada. 


*Para más información sobre él remitirse a "Eché novio y me aburguesé".