miércoles, 8 de septiembre de 2010

Dos días intensos, dos

El exceso de diversión del domingo nos deparó una noche de internet. En fila y cada una con su laptop, nos enajenamos mientras intercambiábamos comentarios y consejos sentimentales.

El lunes tocó clase de salsa. Al grito de "doble arrepentido", nos chocábamos las unas con las otras y procurábamos que nuestro sudor no excediera los límites de lo humano.
El profesor, Aaron, con sus muletas y pie enyesado dirigía desde la punta de un escenario mientras sus mejores alumnos hacían su trabajo. Plusvalía, lo llaman.
Por primera vez tomé una clase seria de salsa. Con teoría, práctica y pasos numerados con el radiograbador apagado... creo que prefiero bailar, pensé.
La tensión y el deseo de reproducir el paso recién aprendido son tales, que uno se confunde, tropieza, frustra... y se olvida de bailar y disfrutar. No dejaba de decirle a cada compañero de baile que me tocaba que se relajara y lo disfrutara como saliera, pero después de un doble giro trunco, los ánimos decaían...
Me divertí igual. Y aprendí. Pero creo que me gusta más bailar...

Por la noche caimos fulminadas. Cenamos en un lugar bastante bacán (no puedo evitar seguir pasando todo a pesos. Menos de veinte mangos me salió. Un plato super abundante, con gaseosa y todo. Es increíble esta ciudad). Laura conoció a la riñonera que había encargado. Fue emotivo el encuentro. Había muchas expectativas (principalmente de Laura). Después de pasar horas eligiendo un monedero diminuto, una riñonera de cuero representaba todo un desafío... Le gustó, la pagó y todos fuimos felices.

El martes fuimos a una gruta.
Nos pareció que le faltaba calefacción y un poco de pintura. Se notaba que había mucho sarro...
La excursión podría describirse meramente como 30 minutos de ruidos, gritos y constantes tarareos de fragmentos de música de películas de terror. Hay video. Hay fotos también.
Al terminar el sendero, a la Laura se le dio por transgredir las normas, salirse y treparse por ahí. Obviamente, se cayó. Mientras, yo entretenía a los que estaban por llegar para que no vieran a una española de casi treinta pirulos toda embarrada cagándose de la risa.
Por suerte nadie nos descubrió.

Después Erika quería andar a caballo (esto es casi como viajar con dos infantes. Son pura pulsión). Así que Laura se subió al bello caballo blanco llamado albino (sí, triste pero cierto. Su pureza radicaba en su falta de pigmentación...), Erika se subió a la yegua que Albino quería agarrarse, Tonia. Y a mí me tocó Grillo, el caballo castrado.
Tras media hora de comportamiento turístico promedio, salimos del parque y nos dispusimos a hacer ride (raid. dedo, hacer dedo), ya que somos más que avezadas en la ciencia...
Sólo los obreros que estaban construyendo la ruta nos prestaban atención. Después de apróximadamente media hora, nos paró una camioneta que tenía como una suerte de cúbiculo trasero cerrado (como una cámara frigorífica sin frío) para transportar pan. Nos metimos ahí. Sin ventanas ni luz, sacamos fotos boludas mientras pensábamos adónde nos llevarían y en cuántos pedazos cortarían nuestro cuerpo.
Nos dejaron en una estación de servicio, al final.
De ahí cumplimos el sueño de Laura de viajar en una de esas camionetas como las que usa scooby doo para resolver misterios y nos llevaron hasta un shopping (fue gracioso, tardamos mucho en decidir qué hacer en mi día libre y yo no paraba de proponer "ir de shopping", segura de que no había uno y de que estaba siendo re irónica proponiendo un destino banal en una ciudad con tal nivel de desarrollo artístico y tanta belleza natural...).
Al final terminamos en el shopping.
Compramos un vino y sacamos fotos.

De ahí hubo un último ride hasta las cercanías del centro. Caminamos hasta el mercado de dulces (sí, el paraíso) y tomamos un ponche de frutas en el stand de doña Rosario.
Descubrí que se puede hacer todo, TODO con mostacillas. Desde cocodrilos hasta tigres de bengala pasando por todos los accesorios que a uno se le puedan imaginar. Un día van a existir ciudades enteras hechas de mostacillas...

Vagamos como una hora con nuestro vino. O el restaurante era muy caro o no tenía destapador o no tenía permiso para dejarnos tomar alcohol o no nos gustaba la comida. O sólo rompíamos las bolas.
Terminamos en una hamburguesería de mala muerte. Yo, evocando Constitución con nostalgia; Erika, intentando reprimir su cara de asco.
Tomamos nuestro vino tinto Las Moras en copas de helado y nos dirigimos hacia Revolución.
De ahí en más, ya mucho no me acuerdo. Creo que hubo cervezas, dos italianos, un mexicano macanudo que, sin saberlo, malgastaba su saliva y energías en Erika, y otros bastante insistentes. Pero, nuevamente, hay fotos que me ayudarán a reconstruir la noche...
No tengo marcas ni tatuajes. Es bastante.

domingo, 5 de septiembre de 2010

San Cristobal, it's getting better all the time...

Tomando un chocolate con una finlandesa, se aparece un pibe de doce años y nos pregunta si queremos comprar un cd de cine arte.
Tuve una entrevista laboral en una futura escuela de español, empiezo la semana que viene. Las clases son al aire libre, en la terraza.
San Juan Chamula, a diez kilómetros de acá. Chiquito, chiquito, chiquito. Mucho mercado. Muchos nenes que se te acercan e insisten, insisten e insisten.

Hoy conocí a Erica y Laura. Una mexicana radicada en USA y una española.
Tras morir de risa en el mercado, volvimos a San Cristobal con un ride (a dedo, eso quiere decir, a dedo). En la parte de atrás de una camioneta, los pelos al viento y... libre, como el sol cuando amanece, yo soy libre... con un ride.
Videos, fotos. Un cago de risa.

Al llegar fuimos a un café, donde los pequeños vendedores no dejaban de acosarnos. Es por eso que desarrollamos varias técnicas para espantarlos:
1) Narcolepsia. Automáticamente hacernos las dormidas, todas juntas.
2) Regálame. Simultáneamente empezar a pedir que nos regalen algo. Al unísono.
3) Canción. Like a virgin, bailando y cantando. Las tres al mismo tiempo.
4) La mirada. Imposible de reproducir por escrito.
5) Autismo. Mirada perdida. Laura hasta babeaba.

Después nos dedicamos a musicalizar gente, es decir, cantar “rolas” a cada persona que pasaba de acuerdo a su estilo y situación. Después de muchas canciones decidimos poner un cartel: “Cantamos rolas a voluntad”. Nadie nos pidió ninguna, pero bueno, es un negocio que recién empieza.

Saludamos gente al azar. Tras chicas saludando llama la atención, por eso es que más de uno volvía y nos hablaba.
A un tano le hicimos creer que éramos de Mormonia, cerca de España. Él se encargó de inventarnos la historia del país. Nos relacionó con los Borbones y vaya uno a saber qué invasión.
Después, como teníamos país, se nos ocurrió inventar un idioma. Charlamos un buen rato en una lengua nueva. Todavía no le pusimos nombre ni definimos la traducción literal de muchas de las expresiones, pero nos divertimos un rato…

Juro que Erika (porque se escribe así, me rompió las bolas para que lo escribiera bien) es Yani. Y Laura, es Esther. Estoy con Esther y Yani. Esto es una bomba de tiempo. Ya me duelen los músculos de la cara de tanto reírme.
Ni siquiera sé si alguien va a leer esto… Pero me sirve de recordatorio. Planeo subir los videos y fotos al feis buk. Hoy por hoy… me quiero.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Coloquialmente, San Cristobal

Esto es parte de un mail que envié a mi tío. Me gustaría dar un parte más detallado de la ciudad, pero creo que esto alcanza a pintar un poco el panorama. La próxima le pongo un poco más de rebusque artístico al menos. Pero ahora me da paja.


Anoche fui a ver a una argentina trompetista con un chico que toca los timbales súper bien. hay muchos argentinos, muy especiales, por cierto. hoy me invitaron a la inauguración de un centro cultural y a un cumpelaños y queremos hacer un taller de dibujo acá en el hostel. anoche hicimos noche de tacos y cocinamos con una alemana. tenemos muchas ideas, el hostel tiene sólo dos meses y estamos una chica mexicana, otro chico jovencito y yo. muy linda gente, muy relajado, muy lindo. ni siquiera es trabajo... llené todo de carteles para dar español, así hago lo mío y gano algo extra. pero es temporada baja.

si tengo que ser sincera, ya conocí gente muy, muy copada e interesante. ya me siento a gusto y entre amigos o futuros amigos y creo que en poco tiempo voy a sentirme parte del lugar. no me puedo quejar.
por el momento planeo pasar dos meses acá y vivir... tendrían que venir. no es córdoba, no es como cualquier ciudad hippie que uno conoce... hay artesano, pero también hay como mucha creatividad. y muchos turistas, europeos y demás. hay un mercado, las calles son angostas y de estilo colonial. hay comunidades indígenas, peleas de gallos y un camión que pasa vendiendo agua con un parlante con música.
hoy hice inflar la bicicleta, así que salí a andar. hay muchas iglesias. todo está decorado (creí que por el bicentenario, pero no. siempre está así el pueblo). justo enfrente del hostel hay una plaza donde todas las mañana practica una banda. los jueves hay como una feria y toca una orquesta música de todo tipo, en general, típica mexicana.
creo que suena bastante de ensueño el lugar, no? bueno, está lleno de extranjeros que vinieron y se quedaron.

hoy fui a emparchar la bici, pero joaquín y orestes no estaban. entonces me quedé en la puerta charlando con henry, un artesano de costa rica. él se fue y me dejó su bici mientars yo seguí esperando. al rato fui a la veterinaria de al lado, de cristobal. me prestó su baño y me quedé charlando con él y conociendo a sus tortugas. me contó de las peleas de gallos y me presentó a su sobrinita, a la que cuida por las mañanas. después apareció jose, una argentina que está de viaje. buscaba a orestes porque él sabe dónde hay hongos. al rato se fue y llegó fernando con su moto, pinchada. cristobal llamó a joaquín, el español dueño de la bicicletería junto con orestes y al rato vino con su perro. la moto de fernando no tuvo solución, mi bici estaba sólo desinflada y metimos la de henry adentro que todavía no había vuelto. me fui andando y me agarró la lluvia. me perdí y me empapé pero entes de llegar me compré unos plátanos con salsa picante. ahora adelina se fue a comprar cosas para hacer unos crepes y óscar se llevó la bici. es un chiste mi vida, supuestamente estoy trabajando ahora.
tengo bombilla y hay mate.

Ándale, wey!

Llegué a Playa del Carmen cual prima del campo que arriva a la gran ciudad. Sucia, cansada y sin un mango llego a un Puerto Madero desbordante de gringos.
Me recibió Diego, el amigo que teníamos en común con Meli. Tras caminar, un poco aturdida y sin entender nada (recuerden mis noches en Belice y Honduras. Sí, leánla de vuelta, ya terminé de completar el final de esas aventuras), llegó Carlos a buscarme para ir a la que iba a ser mi casa por tres semanas...
Al segundo día, Playa del Carmen me generaba repulsión. No había ningún Waldo, ninguna Emma ni Esther. Muchos argentinos bien, muchos yanquis mal, mucho de todo eso que hace mucho que no veía y que no sabía bien cómo explicar pero no me gustaba... consumismo exacerbado? glamour? cirujías, bikini, alcohol, drogas, MTV? No sé si exageraba o si meramente sufría la crisis de cambiar de un tipo de viaje a otro. Sabía a qué iba a Playa del Carmen, a hacer plata. Dónde se hace plata? Con turistas consumistas.
Lo que no sabía es que la temporada estaba terminando... O sea, poco trabajo. Tras días de intentar ver un departamento con Diego que se ajustara a nuestro presupuesto e intentar buscar trabajo sin currículums impresos (muchos ya saben la historia), decidí irme. Horas de charla con todas las amigas con las que cuento (gracias, chicas) me impulsaron a irme. Conocí algunos mexicanos, abrí mi espectro social y tomé la desición de seguir viajando hasta que la bendita temporada empezara y yo pudiera ir a venderle el alma al diablo por una buena suma de dólares mensuales.
Ya decidida a irme no va que súbitamente me salen esposo, casa y auto...
Y me quedo. Más de lo necesario. Y me doy cuenta. Pucha. Ya sé. No sé dónde. Por eso me voy. Otra vez.


Sep. Ushuaia ya es un lindo recuerdo. Tengo demasiado latentes los estándares de enamoramiento. Según la escala Freidergbert, un 3.2 no alcanza, menos después de sentir un sacudón de 9.7 (uno de los más altos desde Rómulo Villegas).
Amigas, estimadas, queridas... El Halley pasa cada cuánto? noventa? setenta? cada cuánto se vive un 9.7? Aspiro a un 8? Me conformo con un 6?
Pucha que es lindo compartir la cama...

miércoles, 18 de agosto de 2010

Una semana en centroamérica

Llegamos a Panamá. Nos retuvieron como tres horas en el aeropuerto (se ve que los de la interpol tardan en atender cuando los países subdesarrollados piden información al pedo sobre un par de boludos...).
Panamá city es una sucursal de USA. Con sus mega edificios bordeando la orilla (del océano Pacífico, supongo. Ya saben por mis escritos anteriores que yo miro el mapa y deduzco a ojo), híper mercados, shoppings, mega estacionamientos y lugares de comida rápida Panamá es una ciudad más de los Estados Unidos con gente mucho más oscurita que tiene el acceso denegado a la casa matriz...
Pasamos la primera noche con Tito, Ale, Gonzalo y Pepe en la "casa de Pablo", un hippie chileno con un piso lleno de colchones y una decoración muy bohemia que recibe todo tipo de viajeros. O sea, ratas latianomericanas como nosotros en su mayoría...
Charlamos, tomamos, fumamos y al día siguiente me mudé a lo de Breno, el brazuca que había conocido en Santa Marta, couch surfer también. Ahí conocí a Mary, Cinthia y Diana, otras tres brasileras (una más bonita que la otra, por cierto) y con ellas salimos por la noche...
Podría decir que los panameños son en general... mala onda. Muy. Cargada hasta la médula, buscando el edificio de Breno a las ocho de la noche, nadie siquiera atinaba a abrir la puerta para responder a mis preguntas sobre el nombre de una calle y demás. En la fiesta, ni siquiera les interesó mi nombre, lo primero que me preguntaron fue cuántos años tenía. Siempre me llama la atención esta pregunta, nunca sé si estoy muy grande o muy joven para lo que sea que deducen internamente tras preguntar. Pocas veces puedo inferirlo de la reacción que sigue a mi respuesta. ¿Ya tendría que estar casada, con hijos y un trabajo estable? O, por el contrario, con sólo 27 años ya tengo una carrera y todo un continente conocido... Vaya uno a saber.
Pasé tres días en Panamá. Conocí a la tía de plata de Ale y saqué mi ticket de Tica Bus hacia Honduras... (porque al mirar el mapa me parecía que era lo más cerca a... bla bla bla).
salí por la mañana y viajé, viajé y viajé. Tres películas de Jim Carrey en español de corrido. Cuando recuperé la conciencia, creo que estábamos en Costa Rica, donde esperé como seis horas hasta el próximo micro... (me miré otra peli más y dormí sobre unas sillas, podría haber sido peor. Una lástima que la chica de la ventanilla, al venderme el ticket y decirme que la diferencia entre ejecutivo y turista eran sólo tres horas, no aclaró que esas tres horas eran de las 3 a las 6 am y que el ejecutivo incluía también todas las comidas...).
Volví a subir al micro para pasar la noche siguiente en Managua, Nicaragua. Pagué 6 dólares por un hotel con tele a media cuadra de la terminal de Tica (a las 5 am salía mi próximo micro). Alejarme más de una cuadra de la estación habría sido, según los locales, arriesgarme a que me roben y violen. No cayó muy bien Nicaragua.
Creo que entre frontera y frontera (donde bajábamos y esperábamos horas a que simularan que nos revisaban) me di cuenta de que mi plan era inviable porque 1) Honduras no estaba al lado de Belice, antes estaba Guatemala. 2) Para ir de Guatemala a Belice era necesario ir por lancha. Por primera vez, agradecí la existencia de la Lonely Planet y cambié mi rumbo. Tenía que llegar e ir cuanto antes a Puerto Cortés. Desde ahí iba a poder llegar a la frontera con Guatemala.
De casualidad pude tomar el último colectivo. De noche, lleno, con la gente subiendo a los empujones y corriendo. Llegué a Puerto Cortés como a las diez de la noche. El chofer me llevó a la residencia donde pasaba la noche usualmente... Una cuna de deportados ilegales. Al verme les brillaban los ojos. Yo representaba a la legalidad, los dólares, la seguridad y quién sabe cuánto más... En diez minutos tenía a dos tipos charlando. Todo empezó bien hasta que sentí que la charla tomaba otro rumbo y de alguna manera querían que viajara con alguno de ellos o algo por el estilo. Me dijeron que tuviera cuidado, que me sacara el reloj, que no viajara con plata (no sabían que casi ya ni tenía...), que me podían violar y demás. Esa noche dormí en posición de asceta. Rezando. Súbitamente me volví creyente.
A las seis de la mañana ya estaba afuera. Me subí al enorme colectivo que llevaba a la frontera y automáticamente empieza a sonar Vilma Palma. Genial. Todo bajo control.
La frontera fue un chiste, estaba yo sola y tuve que ir a buscar a los administrativos para que al menos me vieran el pasaporte. Entré a Guatemala, me subí al bus hacia Puerto Barrios y ya el clima era otro. La gente súper amable, el semblante de las personas me inspiraba confianza... Es raro, no quiero caer en lombrosismos, pero creo que por la mirada uno puede determinar en quién puede confiar y en quién no. No dejaban de subir laburantes y trabajadores del campo al bus y, por más que me miraban porque realmente llamaba la atención, sus miradas me inspiraban respeto. Me sentí segura y bienvenida.
De Puerto Barrios viajé por 20 dólares a Belice... bajé de la lancha y todos me hablaban en inglés. Soriente respondía en español al mejor estilo "tengo pinta, pero no soy gringa..." tardé unos minutos en caer en la cuenta de que la lengua madre es el inglés en Belice, un creol muy musical, símil jamaiquino, al que casi podía entender...
Lo primero que me pidieron fueron 50 dólares de visa. Y ahí se me fue la economía a la mierda.

Horas en un bus hasta Belice city. Cuando llegué, según mis cálculos, no me iba a alcanzar para dormir en un hotel, cruzar la frontera y llegar hasta Playa del Carmen (donde tenía couch y amigo. Territorio seguro). Entonces, tras hablar con Waldo y Austin sobre mi situación, Waldo me ofreció dormir en el bus donde quedaba estacionado.
Le agradecí enormemente. Una mole inmensa, bien oscura, que hablaba un creol que no entendía me ofrecía pagarme una habitación y comprarme la cena porque se sentía mal de dejarme ahí. No pudo con su genio y me regaló una botella de agua (les dejé una nota con unos nachos de regalo, hacía tres días que yiraba con una bolsa de super con mis "víveres"). Pocas veces me crucé con gente tan amable.
Feliz de quedar sola en el bus, con un calor insoportable en una ciudad muy insegura, después de acostarme sobre los asientos empecé a escuchar ruidos. Obviamente no había nadie, eran más bien como... chirridos, crujidos de cosas. Y ahí descubrí que, por las noches, el bus era dominio de... las cucarachas. Miles de ellas se metían en mis zapatos, recovecos, esquinas y demás. Por suerte no subían a los asientos. Me puse los auriculares de mi celular y escuché la radio para poder conciliar el sueño y no sentir a los gregor samsa que cohabitaban mi colectivo.
A las seis, tal y como Waldo había predicho, uno de los buses partió a la terminal y yo viajé con ellos. Tomé otro colectivo hasta la frontera. Llegué, lloré para que no me cobraran los quince dólares de salida (literalmente, lloré) pero como no estaba la supervisora por ser domingo, no pude conmover a nadie. Temía que no me alcanzara para llegar a Playa del Carmen, siempre quedaba el dedo de todas formas. Y en Chetumal, feliz, vi que no sólo me alcanzaba sino que hasta me sobraba para mandar unos mails y ver dónde y con quién iba a quedarme. Le escribí a mi tío por plata. Les respondí a mis dos opciones de couch surfing ganadoras (habitación privada con baño. Género masculino). Y partí para Playa. Y llegué con vida. Y una vez allá, añoré a las cucarachas...

sábado, 14 de agosto de 2010

Atrapados en Obaldía

Pasamos la primera noche, algunos durmiendo en la calle, otros en un pseudo hostal por 5 dólares. No sabemosa cuándo llega una lancha, si es que llega, adónde va, cuánta gente llega, cuánto cobra... Nada. Muchos no cuentan con mucho efectivo y en Obaldía, no hay cajero... (a duras penas hay luz. Pobre aquel que creyó que iba al ATM más cercano y listo el pollo...).
Llegan Pilar, Carlos, Coco y Yeison. Ya hay colombianos, peruanos, yanquis y una argentina.
Somos nueve. No podemos salir. Al menos visitamos la playa.
Segundo día: llegan Ale, Gonzalo, Pepe y otras tres señoras argentinas... Jugamos al fútbol con los niños panameños. Por la noche nos vamos de fiesta, por suerte hay un cumpleaños justo... bailo con todos. Dormimos en el patio de una casa. En el piso.
Somos quince. No podemos salir.
Días tres... Llega la avioneta!!!! Llega la avioneta para llevarse a los diecinueve locales que llegan sabiendo el horario de partida y al único gringo que, sabiamente, tiene ya comprado su pasaje de antemano...
Somos diecisiete. La avioneta llega a Panamá, se pega la vuelta y nos vuelve a buscar...
Pepe filma los episodios de lost con su cámara mientras relata con voz de locutor. El viaje fue increíble. Costó ochenta dólares pero lo logramos. Estamos fuera de Obaldía.

Adiós a Colombia

Dejar Colombia fue difícil... En todo sentido. Ya sea psico emocional como práctico.
Fuimos con Emma hasta Cartagena. Jugamos una última partida de Uno Agua que siempre recordaré en mi corazón y nos tomamos un jugo al día siguiente con Juan Cruz, un porteño estudiante de letras que me regaló un libro bien de mierda de un autor costarricense sólo para que lo prendiera fuergo o usara en el baño en alguna emergencia...
De ahí partí, sola, llorando, en un colectivo lleno de gente que me miraba raro.
Fui directamente a Montería.
Cabe destacar que, tras meses de viaje, mi instinto y capacidad de locomoción para llegar de un punto a otro no sólo no se ha desarrollado, si no que es nulo. Mi "estrategia" de viaje consiste fundamentalmente en agarrar un mapa, señalar con un dedo (en general el índice, ambos dedos índices si apunto a más de una ubicación) el lugar al que quiero llegar y dejar que mi sentido común me guíe en el trayecto.
O sea, miro un mapa, veo que necesito ir hacia el oeste y sólo me dedico a moverme en esa dirección. Entro súbitamente en una especie de limbo y olvido toda división geopolítica o paso por alto cualquier accidente natural que pueda ponerse en el camino. Como si sostuviera la guía T, yo sólo miro el papel y digo "Quiero llegar acá, entonces agarro por este lado".
Así pasa que de casualidad, días antes de iniciar el viaje descubro que entre Colombia y Panamá no hay carreteras. Me entero de que hay cruzar en lancha y después atravesar un tramo de alrededor de 100 km a pie esquivando a la guerrilla o bien tomar otra lancha que lo lleve a uno un poco más al norte, hasta donde la ruta comienza.
Llego a Montería. Un pseudo Longchamps, con lindos centro comerciales y vasta inversión en los últimos años porque Uribe, oh, casualidad, tiene a sus afectos en Montería... Me voy con William, el chofer de la combi, a un hotel en medio de un barrio que tranquilamente podría circundar la estación de Longchamps o, por qué no, de Burzaco. Y duermo en una habitación privada en casa de Oscar con tele y baño. Para la Lonely Planet, un sucucho, para mí, un lujo.
Salgo al día siguiente en dirección a Turbo. Seis horas de viaje en un colectivo de línea por ruta pavimentada que a veces está medio medio. Nuevamente, espero los atracos de la guerrilla y la incomodidad de la que me advirtió la Footprint. Nada.
Llego a Turbo y me hospedo en lo de John. Ciudad portuaria, a la mañana siguiente salgo a Capurganá, a que la oficina del DAS (Deficientes Administradores Sudamericanos) colombiana selle mi pasaporte antes de salir. LLegamos a una villa diminuta, de pescadores y turistas. Muy linda. Con suerte diez cuadras en total. No tiene ni electricidad en ese momento y el DAS (un flaco de Bogotá al que mandaron ahí, pobre, por unos meses) no nos puede sellar nada...
Ahí lo encuentro a Tito (un yanqui con descendencia india al que ya había visto antes cuyo nombre es en realidad uyergtbfvunrinv, por eso le decimos "Tito") con una yanqui vegetariana medio loca. Conozco también a Jhonny y a otro colombiano que intentan pasar a Costa Rica y Panamá respectivamente para laburar.
Nos quedamos todos juntos en un "hostel", tras salir a buscar frutos de cacao con Tito y la loca escoltados por dos militares por la jungla... raro.
Al día siguiente partimos todos juntos en lancha hacia Obaldía, el puerto del lado panameño. De ahí debíamos tomar alguna lancha que nos lleve ya sea a Colón o Carti o demás puertos desde donde se puede acceder a Panama City.
Pero hete aquí que... en Obaldía no hay nada... En Obaldía no hay nada. Hay gente que no tiene ni ganas ni energía para vender un almuerzo, aunque lo cobra en dólares. Hay dos o tres lanchas, que no tienen ganas de llevarte y parece que la forma de salir es esperar a que llegue una lancha que justo vaya hacia el norte y pueda llevar gente... Temporada baja. No llega nadie, nadie sabe nada.