Llegué a Playa del Carmen cual prima del campo que arriva a la gran ciudad. Sucia, cansada y sin un mango llego a un Puerto Madero desbordante de gringos.
Me recibió Diego, el amigo que teníamos en común con Meli. Tras caminar, un poco aturdida y sin entender nada (recuerden mis noches en Belice y Honduras. Sí, leánla de vuelta, ya terminé de completar el final de esas aventuras), llegó Carlos a buscarme para ir a la que iba a ser mi casa por tres semanas...
Al segundo día, Playa del Carmen me generaba repulsión. No había ningún Waldo, ninguna Emma ni Esther. Muchos argentinos bien, muchos yanquis mal, mucho de todo eso que hace mucho que no veía y que no sabía bien cómo explicar pero no me gustaba... consumismo exacerbado? glamour? cirujías, bikini, alcohol, drogas, MTV? No sé si exageraba o si meramente sufría la crisis de cambiar de un tipo de viaje a otro. Sabía a qué iba a Playa del Carmen, a hacer plata. Dónde se hace plata? Con turistas consumistas.
Lo que no sabía es que la temporada estaba terminando... O sea, poco trabajo. Tras días de intentar ver un departamento con Diego que se ajustara a nuestro presupuesto e intentar buscar trabajo sin currículums impresos (muchos ya saben la historia), decidí irme. Horas de charla con todas las amigas con las que cuento (gracias, chicas) me impulsaron a irme. Conocí algunos mexicanos, abrí mi espectro social y tomé la desición de seguir viajando hasta que la bendita temporada empezara y yo pudiera ir a venderle el alma al diablo por una buena suma de dólares mensuales.
Ya decidida a irme no va que súbitamente me salen esposo, casa y auto...
Y me quedo. Más de lo necesario. Y me doy cuenta. Pucha. Ya sé. No sé dónde. Por eso me voy. Otra vez.
Sep. Ushuaia ya es un lindo recuerdo. Tengo demasiado latentes los estándares de enamoramiento. Según la escala Freidergbert, un 3.2 no alcanza, menos después de sentir un sacudón de 9.7 (uno de los más altos desde Rómulo Villegas).
Amigas, estimadas, queridas... El Halley pasa cada cuánto? noventa? setenta? cada cuánto se vive un 9.7? Aspiro a un 8? Me conformo con un 6?
Pucha que es lindo compartir la cama...
viernes, 3 de septiembre de 2010
miércoles, 18 de agosto de 2010
Una semana en centroamérica
Llegamos a Panamá. Nos retuvieron como tres horas en el aeropuerto (se ve que los de la interpol tardan en atender cuando los países subdesarrollados piden información al pedo sobre un par de boludos...).
Panamá city es una sucursal de USA. Con sus mega edificios bordeando la orilla (del océano Pacífico, supongo. Ya saben por mis escritos anteriores que yo miro el mapa y deduzco a ojo), híper mercados, shoppings, mega estacionamientos y lugares de comida rápida Panamá es una ciudad más de los Estados Unidos con gente mucho más oscurita que tiene el acceso denegado a la casa matriz...
Pasamos la primera noche con Tito, Ale, Gonzalo y Pepe en la "casa de Pablo", un hippie chileno con un piso lleno de colchones y una decoración muy bohemia que recibe todo tipo de viajeros. O sea, ratas latianomericanas como nosotros en su mayoría...
Charlamos, tomamos, fumamos y al día siguiente me mudé a lo de Breno, el brazuca que había conocido en Santa Marta, couch surfer también. Ahí conocí a Mary, Cinthia y Diana, otras tres brasileras (una más bonita que la otra, por cierto) y con ellas salimos por la noche...
Podría decir que los panameños son en general... mala onda. Muy. Cargada hasta la médula, buscando el edificio de Breno a las ocho de la noche, nadie siquiera atinaba a abrir la puerta para responder a mis preguntas sobre el nombre de una calle y demás. En la fiesta, ni siquiera les interesó mi nombre, lo primero que me preguntaron fue cuántos años tenía. Siempre me llama la atención esta pregunta, nunca sé si estoy muy grande o muy joven para lo que sea que deducen internamente tras preguntar. Pocas veces puedo inferirlo de la reacción que sigue a mi respuesta. ¿Ya tendría que estar casada, con hijos y un trabajo estable? O, por el contrario, con sólo 27 años ya tengo una carrera y todo un continente conocido... Vaya uno a saber.
Pasé tres días en Panamá. Conocí a la tía de plata de Ale y saqué mi ticket de Tica Bus hacia Honduras... (porque al mirar el mapa me parecía que era lo más cerca a... bla bla bla).
salí por la mañana y viajé, viajé y viajé. Tres películas de Jim Carrey en español de corrido. Cuando recuperé la conciencia, creo que estábamos en Costa Rica, donde esperé como seis horas hasta el próximo micro... (me miré otra peli más y dormí sobre unas sillas, podría haber sido peor. Una lástima que la chica de la ventanilla, al venderme el ticket y decirme que la diferencia entre ejecutivo y turista eran sólo tres horas, no aclaró que esas tres horas eran de las 3 a las 6 am y que el ejecutivo incluía también todas las comidas...).
Volví a subir al micro para pasar la noche siguiente en Managua, Nicaragua. Pagué 6 dólares por un hotel con tele a media cuadra de la terminal de Tica (a las 5 am salía mi próximo micro). Alejarme más de una cuadra de la estación habría sido, según los locales, arriesgarme a que me roben y violen. No cayó muy bien Nicaragua.
Creo que entre frontera y frontera (donde bajábamos y esperábamos horas a que simularan que nos revisaban) me di cuenta de que mi plan era inviable porque 1) Honduras no estaba al lado de Belice, antes estaba Guatemala. 2) Para ir de Guatemala a Belice era necesario ir por lancha. Por primera vez, agradecí la existencia de la Lonely Planet y cambié mi rumbo. Tenía que llegar e ir cuanto antes a Puerto Cortés. Desde ahí iba a poder llegar a la frontera con Guatemala.
De casualidad pude tomar el último colectivo. De noche, lleno, con la gente subiendo a los empujones y corriendo. Llegué a Puerto Cortés como a las diez de la noche. El chofer me llevó a la residencia donde pasaba la noche usualmente... Una cuna de deportados ilegales. Al verme les brillaban los ojos. Yo representaba a la legalidad, los dólares, la seguridad y quién sabe cuánto más... En diez minutos tenía a dos tipos charlando. Todo empezó bien hasta que sentí que la charla tomaba otro rumbo y de alguna manera querían que viajara con alguno de ellos o algo por el estilo. Me dijeron que tuviera cuidado, que me sacara el reloj, que no viajara con plata (no sabían que casi ya ni tenía...), que me podían violar y demás. Esa noche dormí en posición de asceta. Rezando. Súbitamente me volví creyente.
A las seis de la mañana ya estaba afuera. Me subí al enorme colectivo que llevaba a la frontera y automáticamente empieza a sonar Vilma Palma. Genial. Todo bajo control.
La frontera fue un chiste, estaba yo sola y tuve que ir a buscar a los administrativos para que al menos me vieran el pasaporte. Entré a Guatemala, me subí al bus hacia Puerto Barrios y ya el clima era otro. La gente súper amable, el semblante de las personas me inspiraba confianza... Es raro, no quiero caer en lombrosismos, pero creo que por la mirada uno puede determinar en quién puede confiar y en quién no. No dejaban de subir laburantes y trabajadores del campo al bus y, por más que me miraban porque realmente llamaba la atención, sus miradas me inspiraban respeto. Me sentí segura y bienvenida.
De Puerto Barrios viajé por 20 dólares a Belice... bajé de la lancha y todos me hablaban en inglés. Soriente respondía en español al mejor estilo "tengo pinta, pero no soy gringa..." tardé unos minutos en caer en la cuenta de que la lengua madre es el inglés en Belice, un creol muy musical, símil jamaiquino, al que casi podía entender...
Lo primero que me pidieron fueron 50 dólares de visa. Y ahí se me fue la economía a la mierda.
Horas en un bus hasta Belice city. Cuando llegué, según mis cálculos, no me iba a alcanzar para dormir en un hotel, cruzar la frontera y llegar hasta Playa del Carmen (donde tenía couch y amigo. Territorio seguro). Entonces, tras hablar con Waldo y Austin sobre mi situación, Waldo me ofreció dormir en el bus donde quedaba estacionado.
Le agradecí enormemente. Una mole inmensa, bien oscura, que hablaba un creol que no entendía me ofrecía pagarme una habitación y comprarme la cena porque se sentía mal de dejarme ahí. No pudo con su genio y me regaló una botella de agua (les dejé una nota con unos nachos de regalo, hacía tres días que yiraba con una bolsa de super con mis "víveres"). Pocas veces me crucé con gente tan amable.
Feliz de quedar sola en el bus, con un calor insoportable en una ciudad muy insegura, después de acostarme sobre los asientos empecé a escuchar ruidos. Obviamente no había nadie, eran más bien como... chirridos, crujidos de cosas. Y ahí descubrí que, por las noches, el bus era dominio de... las cucarachas. Miles de ellas se metían en mis zapatos, recovecos, esquinas y demás. Por suerte no subían a los asientos. Me puse los auriculares de mi celular y escuché la radio para poder conciliar el sueño y no sentir a los gregor samsa que cohabitaban mi colectivo.
A las seis, tal y como Waldo había predicho, uno de los buses partió a la terminal y yo viajé con ellos. Tomé otro colectivo hasta la frontera. Llegué, lloré para que no me cobraran los quince dólares de salida (literalmente, lloré) pero como no estaba la supervisora por ser domingo, no pude conmover a nadie. Temía que no me alcanzara para llegar a Playa del Carmen, siempre quedaba el dedo de todas formas. Y en Chetumal, feliz, vi que no sólo me alcanzaba sino que hasta me sobraba para mandar unos mails y ver dónde y con quién iba a quedarme. Le escribí a mi tío por plata. Les respondí a mis dos opciones de couch surfing ganadoras (habitación privada con baño. Género masculino). Y partí para Playa. Y llegué con vida. Y una vez allá, añoré a las cucarachas...
Panamá city es una sucursal de USA. Con sus mega edificios bordeando la orilla (del océano Pacífico, supongo. Ya saben por mis escritos anteriores que yo miro el mapa y deduzco a ojo), híper mercados, shoppings, mega estacionamientos y lugares de comida rápida Panamá es una ciudad más de los Estados Unidos con gente mucho más oscurita que tiene el acceso denegado a la casa matriz...
Pasamos la primera noche con Tito, Ale, Gonzalo y Pepe en la "casa de Pablo", un hippie chileno con un piso lleno de colchones y una decoración muy bohemia que recibe todo tipo de viajeros. O sea, ratas latianomericanas como nosotros en su mayoría...
Charlamos, tomamos, fumamos y al día siguiente me mudé a lo de Breno, el brazuca que había conocido en Santa Marta, couch surfer también. Ahí conocí a Mary, Cinthia y Diana, otras tres brasileras (una más bonita que la otra, por cierto) y con ellas salimos por la noche...
Podría decir que los panameños son en general... mala onda. Muy. Cargada hasta la médula, buscando el edificio de Breno a las ocho de la noche, nadie siquiera atinaba a abrir la puerta para responder a mis preguntas sobre el nombre de una calle y demás. En la fiesta, ni siquiera les interesó mi nombre, lo primero que me preguntaron fue cuántos años tenía. Siempre me llama la atención esta pregunta, nunca sé si estoy muy grande o muy joven para lo que sea que deducen internamente tras preguntar. Pocas veces puedo inferirlo de la reacción que sigue a mi respuesta. ¿Ya tendría que estar casada, con hijos y un trabajo estable? O, por el contrario, con sólo 27 años ya tengo una carrera y todo un continente conocido... Vaya uno a saber.
Pasé tres días en Panamá. Conocí a la tía de plata de Ale y saqué mi ticket de Tica Bus hacia Honduras... (porque al mirar el mapa me parecía que era lo más cerca a... bla bla bla).
salí por la mañana y viajé, viajé y viajé. Tres películas de Jim Carrey en español de corrido. Cuando recuperé la conciencia, creo que estábamos en Costa Rica, donde esperé como seis horas hasta el próximo micro... (me miré otra peli más y dormí sobre unas sillas, podría haber sido peor. Una lástima que la chica de la ventanilla, al venderme el ticket y decirme que la diferencia entre ejecutivo y turista eran sólo tres horas, no aclaró que esas tres horas eran de las 3 a las 6 am y que el ejecutivo incluía también todas las comidas...).
Volví a subir al micro para pasar la noche siguiente en Managua, Nicaragua. Pagué 6 dólares por un hotel con tele a media cuadra de la terminal de Tica (a las 5 am salía mi próximo micro). Alejarme más de una cuadra de la estación habría sido, según los locales, arriesgarme a que me roben y violen. No cayó muy bien Nicaragua.
Creo que entre frontera y frontera (donde bajábamos y esperábamos horas a que simularan que nos revisaban) me di cuenta de que mi plan era inviable porque 1) Honduras no estaba al lado de Belice, antes estaba Guatemala. 2) Para ir de Guatemala a Belice era necesario ir por lancha. Por primera vez, agradecí la existencia de la Lonely Planet y cambié mi rumbo. Tenía que llegar e ir cuanto antes a Puerto Cortés. Desde ahí iba a poder llegar a la frontera con Guatemala.
De casualidad pude tomar el último colectivo. De noche, lleno, con la gente subiendo a los empujones y corriendo. Llegué a Puerto Cortés como a las diez de la noche. El chofer me llevó a la residencia donde pasaba la noche usualmente... Una cuna de deportados ilegales. Al verme les brillaban los ojos. Yo representaba a la legalidad, los dólares, la seguridad y quién sabe cuánto más... En diez minutos tenía a dos tipos charlando. Todo empezó bien hasta que sentí que la charla tomaba otro rumbo y de alguna manera querían que viajara con alguno de ellos o algo por el estilo. Me dijeron que tuviera cuidado, que me sacara el reloj, que no viajara con plata (no sabían que casi ya ni tenía...), que me podían violar y demás. Esa noche dormí en posición de asceta. Rezando. Súbitamente me volví creyente.
A las seis de la mañana ya estaba afuera. Me subí al enorme colectivo que llevaba a la frontera y automáticamente empieza a sonar Vilma Palma. Genial. Todo bajo control.
La frontera fue un chiste, estaba yo sola y tuve que ir a buscar a los administrativos para que al menos me vieran el pasaporte. Entré a Guatemala, me subí al bus hacia Puerto Barrios y ya el clima era otro. La gente súper amable, el semblante de las personas me inspiraba confianza... Es raro, no quiero caer en lombrosismos, pero creo que por la mirada uno puede determinar en quién puede confiar y en quién no. No dejaban de subir laburantes y trabajadores del campo al bus y, por más que me miraban porque realmente llamaba la atención, sus miradas me inspiraban respeto. Me sentí segura y bienvenida.
De Puerto Barrios viajé por 20 dólares a Belice... bajé de la lancha y todos me hablaban en inglés. Soriente respondía en español al mejor estilo "tengo pinta, pero no soy gringa..." tardé unos minutos en caer en la cuenta de que la lengua madre es el inglés en Belice, un creol muy musical, símil jamaiquino, al que casi podía entender...
Lo primero que me pidieron fueron 50 dólares de visa. Y ahí se me fue la economía a la mierda.
Horas en un bus hasta Belice city. Cuando llegué, según mis cálculos, no me iba a alcanzar para dormir en un hotel, cruzar la frontera y llegar hasta Playa del Carmen (donde tenía couch y amigo. Territorio seguro). Entonces, tras hablar con Waldo y Austin sobre mi situación, Waldo me ofreció dormir en el bus donde quedaba estacionado.
Le agradecí enormemente. Una mole inmensa, bien oscura, que hablaba un creol que no entendía me ofrecía pagarme una habitación y comprarme la cena porque se sentía mal de dejarme ahí. No pudo con su genio y me regaló una botella de agua (les dejé una nota con unos nachos de regalo, hacía tres días que yiraba con una bolsa de super con mis "víveres"). Pocas veces me crucé con gente tan amable.
Feliz de quedar sola en el bus, con un calor insoportable en una ciudad muy insegura, después de acostarme sobre los asientos empecé a escuchar ruidos. Obviamente no había nadie, eran más bien como... chirridos, crujidos de cosas. Y ahí descubrí que, por las noches, el bus era dominio de... las cucarachas. Miles de ellas se metían en mis zapatos, recovecos, esquinas y demás. Por suerte no subían a los asientos. Me puse los auriculares de mi celular y escuché la radio para poder conciliar el sueño y no sentir a los gregor samsa que cohabitaban mi colectivo.
A las seis, tal y como Waldo había predicho, uno de los buses partió a la terminal y yo viajé con ellos. Tomé otro colectivo hasta la frontera. Llegué, lloré para que no me cobraran los quince dólares de salida (literalmente, lloré) pero como no estaba la supervisora por ser domingo, no pude conmover a nadie. Temía que no me alcanzara para llegar a Playa del Carmen, siempre quedaba el dedo de todas formas. Y en Chetumal, feliz, vi que no sólo me alcanzaba sino que hasta me sobraba para mandar unos mails y ver dónde y con quién iba a quedarme. Le escribí a mi tío por plata. Les respondí a mis dos opciones de couch surfing ganadoras (habitación privada con baño. Género masculino). Y partí para Playa. Y llegué con vida. Y una vez allá, añoré a las cucarachas...
sábado, 14 de agosto de 2010
Atrapados en Obaldía
Pasamos la primera noche, algunos durmiendo en la calle, otros en un pseudo hostal por 5 dólares. No sabemosa cuándo llega una lancha, si es que llega, adónde va, cuánta gente llega, cuánto cobra... Nada. Muchos no cuentan con mucho efectivo y en Obaldía, no hay cajero... (a duras penas hay luz. Pobre aquel que creyó que iba al ATM más cercano y listo el pollo...).
Llegan Pilar, Carlos, Coco y Yeison. Ya hay colombianos, peruanos, yanquis y una argentina.
Somos nueve. No podemos salir. Al menos visitamos la playa.
Segundo día: llegan Ale, Gonzalo, Pepe y otras tres señoras argentinas... Jugamos al fútbol con los niños panameños. Por la noche nos vamos de fiesta, por suerte hay un cumpleaños justo... bailo con todos. Dormimos en el patio de una casa. En el piso.
Somos quince. No podemos salir.
Días tres... Llega la avioneta!!!! Llega la avioneta para llevarse a los diecinueve locales que llegan sabiendo el horario de partida y al único gringo que, sabiamente, tiene ya comprado su pasaje de antemano...
Somos diecisiete. La avioneta llega a Panamá, se pega la vuelta y nos vuelve a buscar...
Pepe filma los episodios de lost con su cámara mientras relata con voz de locutor. El viaje fue increíble. Costó ochenta dólares pero lo logramos. Estamos fuera de Obaldía.
Llegan Pilar, Carlos, Coco y Yeison. Ya hay colombianos, peruanos, yanquis y una argentina.
Somos nueve. No podemos salir. Al menos visitamos la playa.
Segundo día: llegan Ale, Gonzalo, Pepe y otras tres señoras argentinas... Jugamos al fútbol con los niños panameños. Por la noche nos vamos de fiesta, por suerte hay un cumpleaños justo... bailo con todos. Dormimos en el patio de una casa. En el piso.
Somos quince. No podemos salir.
Días tres... Llega la avioneta!!!! Llega la avioneta para llevarse a los diecinueve locales que llegan sabiendo el horario de partida y al único gringo que, sabiamente, tiene ya comprado su pasaje de antemano...
Somos diecisiete. La avioneta llega a Panamá, se pega la vuelta y nos vuelve a buscar...
Pepe filma los episodios de lost con su cámara mientras relata con voz de locutor. El viaje fue increíble. Costó ochenta dólares pero lo logramos. Estamos fuera de Obaldía.
Adiós a Colombia
Dejar Colombia fue difícil... En todo sentido. Ya sea psico emocional como práctico.
Fuimos con Emma hasta Cartagena. Jugamos una última partida de Uno Agua que siempre recordaré en mi corazón y nos tomamos un jugo al día siguiente con Juan Cruz, un porteño estudiante de letras que me regaló un libro bien de mierda de un autor costarricense sólo para que lo prendiera fuergo o usara en el baño en alguna emergencia...
De ahí partí, sola, llorando, en un colectivo lleno de gente que me miraba raro.
Fui directamente a Montería.
Cabe destacar que, tras meses de viaje, mi instinto y capacidad de locomoción para llegar de un punto a otro no sólo no se ha desarrollado, si no que es nulo. Mi "estrategia" de viaje consiste fundamentalmente en agarrar un mapa, señalar con un dedo (en general el índice, ambos dedos índices si apunto a más de una ubicación) el lugar al que quiero llegar y dejar que mi sentido común me guíe en el trayecto.
O sea, miro un mapa, veo que necesito ir hacia el oeste y sólo me dedico a moverme en esa dirección. Entro súbitamente en una especie de limbo y olvido toda división geopolítica o paso por alto cualquier accidente natural que pueda ponerse en el camino. Como si sostuviera la guía T, yo sólo miro el papel y digo "Quiero llegar acá, entonces agarro por este lado".
Así pasa que de casualidad, días antes de iniciar el viaje descubro que entre Colombia y Panamá no hay carreteras. Me entero de que hay cruzar en lancha y después atravesar un tramo de alrededor de 100 km a pie esquivando a la guerrilla o bien tomar otra lancha que lo lleve a uno un poco más al norte, hasta donde la ruta comienza.
Llego a Montería. Un pseudo Longchamps, con lindos centro comerciales y vasta inversión en los últimos años porque Uribe, oh, casualidad, tiene a sus afectos en Montería... Me voy con William, el chofer de la combi, a un hotel en medio de un barrio que tranquilamente podría circundar la estación de Longchamps o, por qué no, de Burzaco. Y duermo en una habitación privada en casa de Oscar con tele y baño. Para la Lonely Planet, un sucucho, para mí, un lujo.
Salgo al día siguiente en dirección a Turbo. Seis horas de viaje en un colectivo de línea por ruta pavimentada que a veces está medio medio. Nuevamente, espero los atracos de la guerrilla y la incomodidad de la que me advirtió la Footprint. Nada.
Llego a Turbo y me hospedo en lo de John. Ciudad portuaria, a la mañana siguiente salgo a Capurganá, a que la oficina del DAS (Deficientes Administradores Sudamericanos) colombiana selle mi pasaporte antes de salir. LLegamos a una villa diminuta, de pescadores y turistas. Muy linda. Con suerte diez cuadras en total. No tiene ni electricidad en ese momento y el DAS (un flaco de Bogotá al que mandaron ahí, pobre, por unos meses) no nos puede sellar nada...
Ahí lo encuentro a Tito (un yanqui con descendencia india al que ya había visto antes cuyo nombre es en realidad uyergtbfvunrinv, por eso le decimos "Tito") con una yanqui vegetariana medio loca. Conozco también a Jhonny y a otro colombiano que intentan pasar a Costa Rica y Panamá respectivamente para laburar.
Nos quedamos todos juntos en un "hostel", tras salir a buscar frutos de cacao con Tito y la loca escoltados por dos militares por la jungla... raro.
Al día siguiente partimos todos juntos en lancha hacia Obaldía, el puerto del lado panameño. De ahí debíamos tomar alguna lancha que nos lleve ya sea a Colón o Carti o demás puertos desde donde se puede acceder a Panama City.
Pero hete aquí que... en Obaldía no hay nada... En Obaldía no hay nada. Hay gente que no tiene ni ganas ni energía para vender un almuerzo, aunque lo cobra en dólares. Hay dos o tres lanchas, que no tienen ganas de llevarte y parece que la forma de salir es esperar a que llegue una lancha que justo vaya hacia el norte y pueda llevar gente... Temporada baja. No llega nadie, nadie sabe nada.
Fuimos con Emma hasta Cartagena. Jugamos una última partida de Uno Agua que siempre recordaré en mi corazón y nos tomamos un jugo al día siguiente con Juan Cruz, un porteño estudiante de letras que me regaló un libro bien de mierda de un autor costarricense sólo para que lo prendiera fuergo o usara en el baño en alguna emergencia...
De ahí partí, sola, llorando, en un colectivo lleno de gente que me miraba raro.
Fui directamente a Montería.
Cabe destacar que, tras meses de viaje, mi instinto y capacidad de locomoción para llegar de un punto a otro no sólo no se ha desarrollado, si no que es nulo. Mi "estrategia" de viaje consiste fundamentalmente en agarrar un mapa, señalar con un dedo (en general el índice, ambos dedos índices si apunto a más de una ubicación) el lugar al que quiero llegar y dejar que mi sentido común me guíe en el trayecto.
O sea, miro un mapa, veo que necesito ir hacia el oeste y sólo me dedico a moverme en esa dirección. Entro súbitamente en una especie de limbo y olvido toda división geopolítica o paso por alto cualquier accidente natural que pueda ponerse en el camino. Como si sostuviera la guía T, yo sólo miro el papel y digo "Quiero llegar acá, entonces agarro por este lado".
Así pasa que de casualidad, días antes de iniciar el viaje descubro que entre Colombia y Panamá no hay carreteras. Me entero de que hay cruzar en lancha y después atravesar un tramo de alrededor de 100 km a pie esquivando a la guerrilla o bien tomar otra lancha que lo lleve a uno un poco más al norte, hasta donde la ruta comienza.
Llego a Montería. Un pseudo Longchamps, con lindos centro comerciales y vasta inversión en los últimos años porque Uribe, oh, casualidad, tiene a sus afectos en Montería... Me voy con William, el chofer de la combi, a un hotel en medio de un barrio que tranquilamente podría circundar la estación de Longchamps o, por qué no, de Burzaco. Y duermo en una habitación privada en casa de Oscar con tele y baño. Para la Lonely Planet, un sucucho, para mí, un lujo.
Salgo al día siguiente en dirección a Turbo. Seis horas de viaje en un colectivo de línea por ruta pavimentada que a veces está medio medio. Nuevamente, espero los atracos de la guerrilla y la incomodidad de la que me advirtió la Footprint. Nada.
Llego a Turbo y me hospedo en lo de John. Ciudad portuaria, a la mañana siguiente salgo a Capurganá, a que la oficina del DAS (Deficientes Administradores Sudamericanos) colombiana selle mi pasaporte antes de salir. LLegamos a una villa diminuta, de pescadores y turistas. Muy linda. Con suerte diez cuadras en total. No tiene ni electricidad en ese momento y el DAS (un flaco de Bogotá al que mandaron ahí, pobre, por unos meses) no nos puede sellar nada...
Ahí lo encuentro a Tito (un yanqui con descendencia india al que ya había visto antes cuyo nombre es en realidad uyergtbfvunrinv, por eso le decimos "Tito") con una yanqui vegetariana medio loca. Conozco también a Jhonny y a otro colombiano que intentan pasar a Costa Rica y Panamá respectivamente para laburar.
Nos quedamos todos juntos en un "hostel", tras salir a buscar frutos de cacao con Tito y la loca escoltados por dos militares por la jungla... raro.
Al día siguiente partimos todos juntos en lancha hacia Obaldía, el puerto del lado panameño. De ahí debíamos tomar alguna lancha que nos lleve ya sea a Colón o Carti o demás puertos desde donde se puede acceder a Panama City.
Pero hete aquí que... en Obaldía no hay nada... En Obaldía no hay nada. Hay gente que no tiene ni ganas ni energía para vender un almuerzo, aunque lo cobra en dólares. Hay dos o tres lanchas, que no tienen ganas de llevarte y parece que la forma de salir es esperar a que llegue una lancha que justo vaya hacia el norte y pueda llevar gente... Temporada baja. No llega nadie, nadie sabe nada.
domingo, 11 de julio de 2010
El día que fui española
Final del mundial. Colombia, Santa Marta. Julio de 2010.
Esther, la española novia de Fulvio, recién llegada a Colombia decide llevarnos a ver el partido al bar de un español en el centro de Santa Marta.
Caos. Descontrol.
Música española a todo volumen. Cervezas, una tras otra. Tortilla, libre. Quizá sólo se pueda describir en imágenes. El llanto de Esther tras el gol, las banderas, la cara de la gente al vernos pasar en la chiva (por "chiva" entiéndase camión con asientos diseñado para el paseo de turistas) con Shakira sonando una y otra vez.
Paradas ocasionales y todos abajo. Saltando y gritando. Desaforados. La caras pintadas. Las ropas rojas y amarillas. Una manada de locos desubicados en plena Colombia. Tres españoles y veinte contagiados, todos gritando y bailando hasta más no poder... o bueno, hasta las siete de la tarde, después de pasar por la playa, justo antes de llegar y meternos a la pileta con ropa, bailarle el paso del waka waka al único holandés del hostel y tirar al agua a la otra española hospedada que dejamos atrás olvidada...
Grité el gol como si mi pasaporte fuera bordó. Sufrí la tensión como si Don Quijote suplantara al gaucho. Bailé y festejé como si mi moneda fuera el euro...
y sí, tomé la alegría prestada. El 86 se veía perdido y lejano en mi memoria, con tres años creo que ni podía sostener una bandera... así que me vendí. Me volví española por un día y disfruté.
miércoles, 7 de julio de 2010
Mis ratos de ocio
Y empezó uno nuevo. Sabía que el eje central iba a estar vinculado con el agua. Mucha lluvia, mucha transpiración, la piscina a la vista, el caribe en derredor... no quedaban muchas más opciones.
Primero pensé que quizás el cosmos había establecido una conexión kármica conmigo y no podía evitar materializar mis estados de ánimo a través de las condiciones climáticas. después caí en la cuenta de que tras la revolución copernicana, si había algo en el centro, eso no era yo y ya era hora de que dejara el solipsismo de lado y empezara a percatarme de las necesidades del resto. Fue así como conocí a Hugo.
No sé si podría afirmar que Hugo padecía de algún tipo de carencia... Se lo veía siempre bien, de buen humor, rozagante, hasta animado, si se quiere... Sin embargo, algo habría de necesitar, ya que salía todos los jueves a las 17:45 en pantuflas y sin anteojos a tomar un taxi en la esquina de su casa.
La primera vez que lo vi hacerlo, me pareció lógico. ¿Dónde más habría de tomarse un taxi?
El jueves siguiente, me llamó la atención notar sus pantuflas.
Eran abiertas, sin talón, casi de verano... en pleno Julio.
Por último, me percaté de que aunque era extremadamente miope, salía sin sus anteojos. Fue ese jueves que me dispuse a seguirlo.
Tomé un colectivo, porque no me alcanzaba para pagar un taxi. Sin tener ni la más mínima idea de adónde iba Hugo, elegí uno al azar (el 123) y bajé tras 15 minutos de viaje.
Perdí a Hugo de vista, pero volví con la resolución de intentarlo nuevamente el jueves próximo.
Y así fue, porque opté por el 324. Me bajé en un parquecito que parecía lindo llamado "Jardines del Edén", el señor de seguridad me miró extrañado cuando le pregunté si se podía trotar. Cuando comenzó a atardecer, decidí volverme a casa.
Al sexto jueves de intentar seguir a Hugo en colectivos elegidos de forma aleatoria, me di cuenta de que nunca iba lograr alcanzar al taxi porque los recorridos eran muy diferentes y además el taxi siempre iba a ir a mayor velocidad.
Es por eso que el miércoles por la noche le pedí la moto a Hugo, mi vecino. La situación fue un tanto incómoda, ya que no sabía qué responder cuando él me preguntaba adónde iba a ir.
Fue por eso que sin titubear le dije "Voy adonde usted vaya, Hugo". "Ah, ¿sí?" Me dijo. "Los jueves voy a lo de mi sobrina, en Pacheco. Me meto en la pileta y después miramos siempre algún partido de fútbol con Esteban. Siempre voy en taxi, ¿querés que te lleve?"... Me sentí acorralada, de decir que sí, no podría seguirlo, porque iríamos juntos y él sabría de mi presencia. Inventé una excusa y le aseguré que lo acompañaría el jueves siguiente.
Ya sabiendo la dirección exacta de adónde iba Hugo, seguirlo me fue mucho más fácil. Tomé el colectivo 132 que va a Pacheco (ya lo había tomado antes, pero bajé cinco paradas más tarde porque vi un cartel que decía Hugo Boss) y con la ayuda de mi guía de la ciudad, llegué hasta la casa de su sobrina.
Efectivamente, ahí estaba él, junto a sobrina y cuñado mirando un partido del Inter.
Desde ese jueves en adelante seguirlo fue sumamente sencillo. A veces, hasta salía antes que él. Me quedaba en la plaza de enfrente y lo miraba ingresar a lo de Susy (porque así se llamaba su sobrina).
Feliz de haber aplacado mi egoísmo y contenta de invertir horas de mi vida en beneficio del prójimo, había descubierto eso que Hugo nunca había tenido y seguramente necesitaba: alguien que lo siguiera.
Primero pensé que quizás el cosmos había establecido una conexión kármica conmigo y no podía evitar materializar mis estados de ánimo a través de las condiciones climáticas. después caí en la cuenta de que tras la revolución copernicana, si había algo en el centro, eso no era yo y ya era hora de que dejara el solipsismo de lado y empezara a percatarme de las necesidades del resto. Fue así como conocí a Hugo.
No sé si podría afirmar que Hugo padecía de algún tipo de carencia... Se lo veía siempre bien, de buen humor, rozagante, hasta animado, si se quiere... Sin embargo, algo habría de necesitar, ya que salía todos los jueves a las 17:45 en pantuflas y sin anteojos a tomar un taxi en la esquina de su casa.
La primera vez que lo vi hacerlo, me pareció lógico. ¿Dónde más habría de tomarse un taxi?
El jueves siguiente, me llamó la atención notar sus pantuflas.
Eran abiertas, sin talón, casi de verano... en pleno Julio.
Por último, me percaté de que aunque era extremadamente miope, salía sin sus anteojos. Fue ese jueves que me dispuse a seguirlo.
Tomé un colectivo, porque no me alcanzaba para pagar un taxi. Sin tener ni la más mínima idea de adónde iba Hugo, elegí uno al azar (el 123) y bajé tras 15 minutos de viaje.
Perdí a Hugo de vista, pero volví con la resolución de intentarlo nuevamente el jueves próximo.
Y así fue, porque opté por el 324. Me bajé en un parquecito que parecía lindo llamado "Jardines del Edén", el señor de seguridad me miró extrañado cuando le pregunté si se podía trotar. Cuando comenzó a atardecer, decidí volverme a casa.
Al sexto jueves de intentar seguir a Hugo en colectivos elegidos de forma aleatoria, me di cuenta de que nunca iba lograr alcanzar al taxi porque los recorridos eran muy diferentes y además el taxi siempre iba a ir a mayor velocidad.
Es por eso que el miércoles por la noche le pedí la moto a Hugo, mi vecino. La situación fue un tanto incómoda, ya que no sabía qué responder cuando él me preguntaba adónde iba a ir.
Fue por eso que sin titubear le dije "Voy adonde usted vaya, Hugo". "Ah, ¿sí?" Me dijo. "Los jueves voy a lo de mi sobrina, en Pacheco. Me meto en la pileta y después miramos siempre algún partido de fútbol con Esteban. Siempre voy en taxi, ¿querés que te lleve?"... Me sentí acorralada, de decir que sí, no podría seguirlo, porque iríamos juntos y él sabría de mi presencia. Inventé una excusa y le aseguré que lo acompañaría el jueves siguiente.
Ya sabiendo la dirección exacta de adónde iba Hugo, seguirlo me fue mucho más fácil. Tomé el colectivo 132 que va a Pacheco (ya lo había tomado antes, pero bajé cinco paradas más tarde porque vi un cartel que decía Hugo Boss) y con la ayuda de mi guía de la ciudad, llegué hasta la casa de su sobrina.
Efectivamente, ahí estaba él, junto a sobrina y cuñado mirando un partido del Inter.
Desde ese jueves en adelante seguirlo fue sumamente sencillo. A veces, hasta salía antes que él. Me quedaba en la plaza de enfrente y lo miraba ingresar a lo de Susy (porque así se llamaba su sobrina).
Feliz de haber aplacado mi egoísmo y contenta de invertir horas de mi vida en beneficio del prójimo, había descubierto eso que Hugo nunca había tenido y seguramente necesitaba: alguien que lo siguiera.
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