domingo, 4 de septiembre de 2016

Casados y boludos en Mongolia 2 - (Comienzo por Polstanchu)

Mongolia, un año y pico que ya pasamos acá. Y Sofi me pidió que escribiera algo sobre el lugar. Por reflejo, empiezo mi listado largo de puntos ordenados y alineados como en el trabajo. Borro todo y empiezo de vuelta, hay que escribir con onda, me digo. Pero, fatalmente, lo único que me viene a la cabeza es la sagrada trinidad de Mongolia: caballos, contaminación y khuushuur (el ultimo se lee como como ‘juyur', así que califica). Punto uno, caballos. Los bichos y compañeros tradicionales aquí, ves los jinetes burlándose de todo coche bloqueado en el atasco continuo, pasando en el linde de las calles. Me sacaron una foto súper buena cabalgando, por suerte tenía anteojos de sol y una chaqueta, así que no se notaba el rictus de dolor que tenía por el trote del caballo y el sillón choto, tampoco la postura medio jorobada y tensa. Pero la foto esa, dios, cuántos likes en Facebook que rejuntó. Así me siento como extranjero en Mongolia, estupendo en la foto, cabalgando para el carajo en realidad.

Mi traste también recuerda las aventuras en el campo, los fines de semana en el parque nacional. Creo que ver a un extranjero andar a caballo o intentar practicar arquería debe ser para los mongoles tan gracioso como ver a un gringo bailando tango por primera vez o a un vegano hacer un asado. Pero cuando uno es turista tiene que someterse al ritual de hacer lo que hace el local. Para sentirse un boludo. Así, dormimos en yurtas, anduvimos a caballo, comimos los platos típicos del lugar y nos fuimos por el inodoro mientras nos dolía todo el cuerpo a la mañana siguiente.
Algo que llama mucho la atención de Mongolia es la superstición. El edificio en el que vivimos no tiene piso trece, por ejemplo. Entre el doce y el catorce hay un agujero negro que vaya uno a saber adónde lleva. Aunque a veces creo que el agujero negro es todo el edificio, porque cortan la luz muy seguido.

Los rumanos putean bastante.  Y se toma muy en serio, tenemos como un escalafón muy claramente definido de insultos. Si tuviera que explicárselo en detalle a alguien me costaría un huevo. Creo que por esto me encanta tanto el español, todo fluye, el humor, lunfardo regional (o nacional, porque medio mundo habla español) e injurias se rejuntan y se intercambian de manera tan linda. Por esto prefiero mandarlos al origen en español a todos los hijosderemilcontraputasdelaconchadelaloraque-losremilparió (Sofi me va a censurar esto, estoy segurisísimo) mongoles que no saben manejar. Solo en los casos más extremos recurro a maldecir en rumano. Por suerte ella no conoce todas la sutilezas del rumano todavía, sino me lavaría la boca con jabón, creo. Y está dormida a las 2 de la mañana cuando tenemos el apagón diario que me corta el chorro del video juego o training en línea que estoy haciendo. Vuelvo a la cama, vencido y abatido y la cuchareo (del inglés spooning, imagínense 2 cucharas una detrás de la otra) a Sofi. No es una pérdida total de noche porque se ríe en el sueño y me divierte, y porque por fin empiezo a sentir mis extremidades bajo la frazada gruesa, tras haberlas congelado unas horas en frente de la compu en pijamas.


Pero no todo en Mongolia es frío, contaminación y carne fea. Porque Ulan Bátor, como cualquier otro lugar del mundo, tiene gente. Extranjeros, locales, nenes en orfanatos. Gente. Y donde hay gente hay vida. Donde hay gente hay potenciales amigos. Mongolia, con sus menos treinta en invierno, se vuelve verde en verano. Los bares sacan sus mesas afuera, aflora el calor, metes las patas en los ríos creyendo que te podés bañar y ahí ves que el agua sí sigue a menos treinta y te volvés a sentar al pasto sintiéndote un boludo y convenciéndote de que no hace tanto calor, que mejor te comés otro sangüichito. Mongolia nos dio fiestas, cenas, campo y estepa y nos recordó cuán afortunados somos al poder “elegir” dónde vivir y al poder movernos libremente en un mundo lleno de etiquetas. Y, paradójicamente, logramos ser muy felices en Mongolia. Celebramos cada vez que tomamos vino  o encontramos un buen pedazo de carne. Y celebramos también cuando no los conseguimos, con cerveza china fea y una sopa de fideos. Porque la felicidad no se busca, se lleva con uno. Y creo que ya estamos preparados para ser felices de vuelta, en cualquier lugar al que vayamos, aunque no nos agarremos piojos ni nos cobren una fortuna por una manzana. 

Noruega: igualdad y prosperidad… si sos noruego, claro


El barrio
“Todos somos iguales… pero algunos son más iguales que otros”. Esta frase de Orwell no podría describir de forma más clara la vida en Noruega. Buen estándar de vida, salud gratis, transporte público de calidad, increíbles paisajes, pocas horas de trabajo, derechos y beneficios sociales… la panacea de la social democracia al alcance de la mano de cualquiera que porte un pasaporte noruego.

No me puedo quejar, nuestro estilo de vida es bueno. Pero tras enviar 35 currículums y terminar trabajando en Malecón (una escuela de salsa que también enseña español) con José Arturo, alias, “el cubano chanta”, quien no me quería pagar, no puedo evitar sentir un dejo de resentimiento ante una sociedad igualitaria que, al margen de mi capacidad y certificaciones, me dejó fuera por “no hablar” noruego (eufemismo de no ser noruega).

La primavera
Y ahí nomás me dije: se van todos a cagar. Me embarazo. Obviamente, no fue una decisión unilateral, mi co-equiper estuvo de acuerdo (su rol era tan fundamental como el mío en el proceso de elaboración). No voy a perder uno o dos años aprendiendo noruego y haciendo nada cuando al menos podemos crear nuestra propia gente para llevárnosla al próximo destino y reducir así la presión de socializar. Además, el estado te paga por tener hijos, qué mejor. Me habría gustado más que me pagaran por enseñar español, pero bueh, si Oslo, con sus 600.000 habitantes tiene TODAS las escuelas secundarias llenas de españoles o nativos con experiencia, formación y postgrados, qué le voy a hacer… Así que creamos otro inmigrante. Un poco para ser más felices, otro poco para joderles la vida.

En Mongolia era evidente que los extranjeros no caían bien. La gente no te sonreía, el frío los hacía cerrados y hoscos. Uno no se sentía muy bienvenido. Acá son más amables. Los noruegos son políticamente correctos. Te sonríen, te saludan y te preguntan ¿y cuánto se van a quedar? Así como quien no quiere la cosa. De más está decir que hay diferentes niveles de inmigrante: el refugiado (clase C); el inmigrante que viene a probar suerte como mano de obra no calificada (clase B) y el expat (¡qué top! Clase A), es decir, el extranjero que viene contratado. Yo soy clase B, pero me casé con un clase A, lo cual automáticamente me hace ascender una categoría. Es por eso que nos topamos con conversaciones del tipo:
-Ay, no, cuidado con ese barrio, no vivan ahí. Está lleno de inmigrantes.
-Pero nosotros somos inmigrantes.
-(silencio)  
Bergen
Sí, el expat es un inmigrante cool. No vino a probar suerte, lo llamaron. Así, me cuelgo de la gloria de mi marido y me indigno cuando TODOS los diálogos de nuestros libros de noruego muestran conversaciones entre Carlos, el mesero, y Mohamed, el taxista, enamorado de Aisha, quien es voluntaria en un jardín de infantes para aprender noruego.
Boludas saliendo del agua
Sí, Noruega es un país de ensueño. Han  hecho la cosas bien y han adquirido un nivel de igualdad y calidad de vida únicos en el mundo. Ojo, no digo que sea imposible pertenecer, sólo lleva tiempo… Años. Tiempo para probarles que uno puede ser capaz de ser como ellos. Tiempo para aprender la lengua, hacer los contactos, trabajar gratis o hacer alguna práctica, tiempo para merecer ser cuasi noruego.

Lamentablemente, nuestro estilo de vida de dos años acá, dos años allá no nos da el margen para probar nada. Así que habrá que gozar de los beneficios sociales un rato y partir hacia nuevos rumbos hasta que la porotis* sea lo suficientemente mayor como para decidir de forma conjunta en la familia sobre nuestro estilo de vida (a ver, que si sale hippie viajera, habrá que seguir yirando. Somos una cooperativa democrática. Todo se somete a votación).  

Por el momento, disfrutamos de la vista al fiordo, los asados con carne cara y medio fulera, los paseos en la naturaleza, la compra/venta de segunda mano y los muchos amigos que invitamos a casa o nos invitan porque comer afuera es privativo. Noruega es un hermoso país y su calidad de vida es casi inigualable. Sólo recomiendo unas sesiones previas de autoflagelación al amor propio antes de venir (como las de Nacha Guevara, pero a la inversa), así uno no llega acá creyéndose igual a nadie y se esmera en probar lo que vale, como corresponde y se espera.


*Poroto/a: pseudónimo adjudicado a nuestra primogénita a los inicios de su gestación por ser pequeña y generar un exceso de gas. 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Casados y boludos en Mongolia 1 - (Comienzo por Zofia)

“Crónica Tota Mongolia”. Así se llamaba el archivo que no logró sobrevivir el paso por la papelera, seguido de la instalación de Windows 10 que dejó la compu de Paul en perfectas condiciones para que instale Starcraft y luche contra invasores interestelares cada puta noche, hasta las cuatro de la mañana.
“Las delicias de la vida conyugal”, podríamos llamar a este artículo. 

Como una suerte de “castigo”, le dije que algo bueno tenía que salir de borrar mi cada vez más escasa producción creativa y eso sería una crónica escrita por los dos. Sobre Mongolia.
El archivo borrado empezaba con la descripción de mis clases de yoga en mongol. Como si el yoga en español no fuera lo suficiente difícil… un mes fui al gimnasio nomás. No podría volver a contarlo ahora ya que ni me acuerdo qué hacía en las clases. Aprendí a contar hasta tres. Eso sí. 
Paul sí va a al gimnasio. Regularmente. Todos los espejos lo conocen.

“Este maldito archivo, si sólo lo hubiera publicado hace 3 meses”. Eso tendría que haberse reprochado mi esposa. De la nada, después de haberlo borrado de mi escritorio, de mi compu (que , con toda sinceridad, fue mi primer amor y hoy día anda cada vez más descuidada, pobre), me lo pide porque “el genio creativo es así, dejas una cosa a un lado desamparada 3 meses y luego volvés a toda fuerza a terminarlo”…el espíritu artístico, al margen de la femineidad, es una de estas cosas para las que no existe mucho tutorial, y la página de wiki estuvo escrita a lo mejor por una mujer igual de embebida del mismo espíritu artístico.

Ella está ahora al lado mío y me dice como tenemos que intercambiar computadoras escribiendo esa crónica, porque es espontáneo y divertido. Mi espíritu práctico, después de haber escrito contratos interminables, se está lamentando de falta de estructura y sentido, pero lo estoy apaciguando diciéndole que la meta es compartir y tener tiempo de calidad, no llegar a tener la crónica perfecta (solo googleen crónica y ya verán mucho tutorial muy bueno en este sentido). Y, por cierto, el narcisismo no se desarrolló en ella, verdad. Es difícil ser narcisista cuando te da fiaca ir regularmente al gimnasio.

Me deja un flato y me pide que siga. Literalmente. Mongolia ha realmente sido una prueba para la pareja. Cuando uno trabaja desde casa a distancia con Ucrania, Kazajistán y Rusia y el otro, casi que ni trabaja, uno termina compartiendo mucho tiempo con su media naranja. Si a esto le sumamos que afuera hace menos treinta grados, el tiempo juntos se ve indefectiblemente incrementado. Lo bueno de vivir en la capital más fría del mundo, y una de las más contaminadas, tras haber pasado algunos años en Europa es que existe un enemigo común: Mongolia. Todo se le puede atribuir a Mongolia. Si se te quemó el huevo frito, si contagiaste de gripe a tu pareja, si andás con gases, si hace tres días que no te bañás… No es tu culpa, es Mongolia. Y esto le hace bien a la pareja porque no hay nada que una más que criticar a un tercero. Que no existe. Y no es tu amigo. Así, proporcionalmente, cuanto más odiábamos nuestra localización, más nos amábamos. Al punto tal que a ojos de mi esposo llegó a justificarse que yo trabaje poco, ya que me vine a Mongolia con él… (Entre nos, me iría mañana a Afganistán si así puedo seguir con esta vida…).

Y luego llega el fin de semana, y el verano. Y esto es el tope de la vida en Mongolia. Las fotos de álbumes turísticos se parecen por fin a la realidad, no hay mas contaminación. Todo es verde, los arboles aparecen de la nada. Le compras a tu esposa una carpa y la rompés de fiesta, asado y camping todos los findes. Hace calor, lo impensable de broncearte bajo el sol y el cielo azul con 30 grados por fin se vuelve realizable, y tu esposa te sonríe mientras se esta mojando las patas en el rio. Y te encanta Mongolia, los amigos que tenés, las escapadas, los precios de 2 mangos con cincuenta y las cabalgatas que no te rompen mas la loma, después de tomarte una botella de vodka con tu anfitrión de yurta y guía  (porque se puede tomar y montar a caballo después, a diferencia de tomar y conducir  - ventaja Mongola!). Es la bella y la bestia este país. La cara y cruz de la misma moneda. El yin y yang de un país sujetado entre el martillo ruso y el yunque chino. Y decís “ sain bain noo”, o buenos días en mongol, a todo el mundo con el que te topas, porque te sentís bien y porque son 3 de las 7 (para los sobresalientes 8 o encima 9) palabras de mongol que aprendiste, y te encanta usarlas.

sábado, 16 de mayo de 2015

TODO LO QUE USTED SIEMPRE QUISO SABER SOBRE JAPÓN Y LO QUE NO, PERO LE CUENTO IGUAL

Realmente la pereza le ha ganado a las ganas de escribir estos últimos… años. Sin embargo, Japón amerita que me levante temprano y cuente. Porque es otro planeta. El destino de la evolución humana si nos convirtiéramos en droides. Japón es… Japón.

Para empezar, nada mejor que uno de los principales placeres cotidianos que Japón supo cómo convertir en una experiencia única y sin igual: ir al baño.
Sí, Japón tiene inodoros con telecomando. Una suerte de teclado junto al retrete le permite al usuario desde regular el chorro del bidet y su temperatura hasta calentar el asiento y poner música. Porque los japoneses están un paso más allá que el resto del mundo, uno de los botones reproduce el famoso “ruido de tirar la cadena”. Sí, amigas, cuando uno quiere hacer el número dos en un baño público y debe falsear el uso de la cadena para ocultar con pudor una necesidad fisiológica básica… Japón te pone un botón y listo. 
 Qué decir del asiento tibio… Todas sabemos de “la posición”, esa pose semi agachada, semi inclinada, casi sentada que todas ejercitamos en cada baño público. Disculpen chicas, pero al momento en que el asiento está tibio, te sentás. No lo podés evitar. En un micro segundo todos tus miedos a las bacterias, las potenciales infecciones urinarias y enfermedades venéreas que una cree que el apoyar el culo en el inodoro acarrean se disipan  y te encontrás, sin quererlo y sin saber cómo ocurrió, sentada. Sentada en un baño público, querida amiga. Y no te importa nada. Ya no hay vuelta atrás.

Pasaron de la letrina al súper inodoro (es por eso que aún se pueden ver carteles como el de abajo). Eso hizo Japón, así, sin término medio.


Paseando con las chicas de forma boludamente turística se nos antojó tomar un café. Estábamos en medio de “la zona de manga y animé”, es por eso que tratamos de encontrar un lugar acorde.
Fue ahí cuando nos topamos con el “maidcafe”


Subimos las escaleras un tanto temerosas para descubrir que estos “cafés” son puestas en escena que recrean los personajes femeninos del animé. Tiernas, inocentes y juveniles niñas vestidas de mucama les sirven un té a los muchachos, prestando también servicios de diversos tipos como contar un cuento y demás estupideces que una jovenzuela de 14 años querría hacer. Las chicas tienen, supuestamente, arriba de 20 años (aunque aparentan 15) y se peinan, visten y ponen lentes de contacto para parecerse al máximo a los deformes e irreales cuerpos y modelos del animé (y por qué no, del hentai también…). No nos tomamos nada. Fuimos a un Starbucks pensando en qué le habrá pasado en Japón al viejo y bien conocido prostíbulo de antaño.

Caminando por ese barrio, nos adentramos en una tienda de varios pisos que tenía todas las pelotudeces que uno se pueda imaginar a todos los precios, todos los tamaños para el bolsillo del caballero o la cartera de la dama. Con figurines, fotos, libretitas, brillitos y demás de todas, TODAS, la series de anime que existen en el universo. Yo me saqué una pulserita de Sailor Moon y amenacé toda la semana en convertirme en caso de ser necesario.

La comida

La comida en Japón es, para mí, muy sabrosa y un tanto diversa. Todo gira alrededor del concepto de sushi, aunque no se come tanto sushi. Raro. Algo interesante son las vidrieras de los restoranes. En todas se pueden ver réplicas de los platos hechas en (vaya uno a saber) ¿plástico? ¿Resina poliéster? Se ve que en Japón todo entra por los ojos.

Algo de lo que hay mucho en Japón también es gente. Principalmente, japoneses. O bueno, eso cree uno. Así y todo con sus más de cien millones de habitantes, me atrevo a decir que es uno de los países más seguros del mundo: no pudimos más que maravillarnos al enterarnos de que cada bici tiene un código, así que si uno la chorea, la encuentran. Sí, en Tokyo. Sí, la bici. Pobres suizos que se quisieron hacer los graciosos y terminaron en la comisaría… (historia verídica). 

Hay gente y robots, obviamente. Según Paul, la era de las estatuas ha caducado, es por eso que el futuro del arte son los robots. Le voy a comentar a mi amigo Mati, Licenciado en Historia del Arte y amante de Robotech: Japón es su lugar.





Y como Japón todo lo puede, también tienen la estatua de la libertad.



Japón también tiene shoppings. MUCHOS. EN TODOS LADOS. Los japoneses trabajan, mucho. Demasiado. Es por eso que uno de cada diez coches es un Porsche, como el que tenía Ichiro, nuestro anfitrión en Couch Surfing, estacionado en su puerta.

Una gran aventura es tomarse el famoso tren bala (creemos que recibe el nombre por su velocidad, no por su orientación sexual).
Principalmente, porque los asientos son muy cómodos, los baños… oh, los baños. Y claro, uno puede comprarlo todo. Porque en Japón, todo se puede comprar, en todos lados.
Es por eso que en el tren uno puede adquirir:

Un protector de uñas (ríanse, Paul necesita uno. Si pudiera dar una patada ninja el riesgo es más que te degolle y te desangres antes de que te golpee).

O también:

El famoso “espanta suegras abdominal”, el cual combina la alegría del carnaval con la ejercitación muscular.

Obviamente también se pueden adquirir:

Y quién no necesita en su casa:

                                                   ¡Un taburete de felpa con forma animal! 

O también el famoso:

                                                                 ¡Jarrón de puteadas!
Está científicamente comprobado que la bien conocida caja de Pandora no era otra cosa más que puteadas acumuladas por años que, al liberar el pestillo y abrir la caja, condenaron a la humanidad a un sinfín de plagas. 


En definitiva, Japón lo tiene todo. Uno no puede más que agradecer su existencia y volver pronto  a disfrutar de la magia de una sociedad donde la mayor causa de muerte son los suicidios mientras que  su gente sonríe, agradece, respeta y pide disculpas a cada momento… 

                                                                    Gracias, Japón. 

martes, 20 de enero de 2015

QUÉ (NO) HACER EN UNA RELACIÓN A DISTANCIA

Tras casi un mes y medio sin ver a mi esposo, he logrado resignar mi orgullo y admitir, muy a mi pesar, que lo extraño. Y que la mujer fuerte, independiente y autosuficiente que fui (y tal vez aún soy), se siente mejor si lo tiene al lado.

Es esta mi segunda experiencia de “relación a distancia” y, por más que no me siento en condiciones de dar consejos sobre qué hacer para mantener “la llama viva”, sí he cometido suficientes errores como para enumerar todo aquello que NO hay que hacer*. A continuación encontrarán un listado de opciones a NO seguir en caso de encontrarse en una relación a distancia (más de una se aplica a relaciones convencionales también).

1) NO ROMPA LAS BOLAS. Como se menciona anteriormente, este apartado es aplicable también en todo tipo de relación. Salga, pasee, diviértase. No le rompa las bolas al otro sólo porque está lejos.
2) NO MANDE MENSAJE NI LLAME CADA 35 SEGUNDOS. Este ítem, intrínsecamente relacionado con el anterior, expresa una clara tendencia del alejado a intentar acercarse por medio de la telefonía móvil y las redes sociales. No lo haga.
3) NO SE ENOJE. No hay nada peor que una pelea a distancia. Si eliminamos el contacto físico, las gesticulaciones, la gracia propia del “estar en vivo”, una pelea a distancia sólo nos deja una voz que recrimina y exige (atención, tiempo, cariño, etc). Convengamos que, aunque el cariño suele seguir intacto, dos meses sin ver a la persona amada pueden apaciguar ciertas sensaciones. En otras palabras, tras dos meses de no ver a alguien, no se está en la cresta de la ola. Recriminaciones y enojos por parte de cualquiera de los dos lados sólo lograrán que el otro corte el teléfono y vuelva a ver la película libanesa con la fotógrafa esa que encima está re buena.
4) NO AMENACE CON CORTARSE LAS VENAS CON UN CUTER FRENTE A LA CÁMARA DE SU PC. Creame, no funciona.
5) CUIDADO CON LAS FOTOS SEXYS. Si usted se encuentra en sus veintes, cualquier video o foto habrá de ser bienvenida y vista en muchísimas ocasiones. Hasta luego de haber terminado la relación (que no funcionó porque era a distancia, obvio). Si, por el contrario, usted sobrepasa los treinta, ha subido de peso y perdido pelo, le recomendamos, por el bien de su relación, abstenerse de cualquier demostración virtual de erotismo.
6) NO SE ACUESTE CON OTRA PERSONA. Si lo hace, aténgase a las consecuencias.
7) NO ETIQUETE A SU PAREJA EN PUBLICACIONES DE MIERDA. Si usted no se encuentra cerca de su pareja para mearla, la forma más aceptada de marcar territorio hoy en día es el tag en las redes sociales. Así, haciendo público el hecho de que se está en pareja uno cree estar tomando posesión del otro a través del famoso “tag” o etiqueta. Encontramos entonces publicaciones como: “Carlos Luis Gutiérrez te estranio y pienso en voz cada dia”. En el muro de Carlos Luis, seis veces al día.
8) NO LE CUENTE A SU PAREJA CADA DETALLE INTRASCENDENTE DE SU VIDA DIARIA. Seguramente, a nadie le interesaba el valor de la cebolla o que hoy hace más frío que ayer cuando lo contaba en vivo y en directo. Pero cuando uno tiene sólo conversaciones telefónicas con el otro, la palabra cobra otro sentido y se hace más difícil no prestar atención a lo que el otro dice.
9) NO LLAME A LA FAMILIA O AMIGOS DE SU PAREJA PARA DECIRLES QUE ES UN/A PELOTUDO/A. En primer lugar, porque seguramente ya lo saben. En segundo lugar, porque seguro después se va a arreglar la cosa y la humillación pública no se la quita nadie.
10) NO FINJA UN EMBARAZO. Meno aún si el periodo transcurrido entre la última vez que usted vio a su pareja y la gestación del niño que usted lleva en su vientre no son coincidentes. 
Por último, y creo que la más últil de todas,  
11) DELE AMOR A SU PAREJA Y HÁGALO SENTIRSE QUERIDO/A. Piense en qué es lo que el otro necesita para sentirse bien y téngalo en cuenta. Esta única regla hace innecesario siquiera considerar todas las anteriores.



*NOTA: cabe mencionar que NO he cometido todo lo enumerado en la lista. Algunos ejemplos parten de mi conocimiento general de mundo y sentido común. 

miércoles, 14 de enero de 2015

VOLVER

Con la frente marchita… o bueh, en mi caso, cagada de frío.

Para el que se va a vivir fuera, volver es siempre todo un tema. Creo que mucha gente ha ya ahondado en la nostalgia, en cómo se percibe el lugar en que uno vivió, los cambios del barrio, del país, etc. Hoy me interesa reflexionar sobre la gente. Qué pasa con las amistades del que se va.

Cuando uno se va, obviamente, todas las vidas continúan. Yo he hecho amigos en Ushuaia, México, Bélgica y, ahora también, en Mongolia. Pero para uno, para el que se va, las últimas amistades que deja en el lugar de donde parte son las que quedan. Es como si súbitamente se detuviera el tiempo y uno intentara cortar y pegar el último día en que estuvo (hace un año, dos, tres) y el ahora.

Los que quedan saben que uno siguió con su vida, porque tienen Facebook. Al mismo tiempo, hacen nuevas amistades, generan nuevos vínculos, se pelean, se amigan, se separan. Sus vidas cambian. Para el que se fue, estos cambios son más difíciles de percibir. Cuando uno pone una foto de China, todo el mundo sabe que anduvo por Asia. Cuando uno se deja de hablar con alguien de un grupo de amigos de antaño, no lo publica en Facebook.

Así, suele pasar que cada vez que vuelvo me pongo a contactar a la misma gente que sentí cerca hace siglos (porque son los que me unen a Buenos Aires). Con más de uno de ellos, a veces ni siquiera intercambiamos un mensaje en todo el año. Los resultados son de lo más diversos. De a poco me empiezo a enterar que fulano ya no es amigo de mengano;  que otro está enojado conmigo; que a uno siempre le caí mal; que otro cree que me morí y así sucesivamente.

Hay gente que se sorprende, al mejor estilo “¿por qué me llama a mí para tomar un café?”. Otros no responden y otros se alegran.

Cada vez que vuelvo se da este ritual de desempolvar mi agenda y reunirme con todas esas personas que están presentes en mi memoria, pero que no veo desde hace mucho.

Este año en particular, la trama se complejiza porque no sólo los he contactado, si no que los he invitado a mi casamiento (música de suspenso). Mi invitación al evento por Facebook ha generado reacciones de todo tipo: un amigo creyó que era una broma; familiares lejanos contestaron automáticamente con la mayor de las alegrías; gente que fue invitada pero no es de extrema confianza se sorprendió y no sabe si aceptar o no; algunos todavía ni se enteraron de que me caso. Menos aún de que están invitados. 

Es por eso que me veo ahora en la obligación moral de explicar por qué me caso. Y por qué invito a mucha gente.
Creo que éstas son casi las mismas palabras que usé en la boda de mi amiga Mariana. Cuando uno comienza a viajar, el primer impacto que recibe son los paisajes. Las maravillas de la naturaleza. Todo es sensorial. Con el tiempo, “lo bello” se naturaliza y cada vez cuesta más estimular las percepciones de alguien que ha visto mucho. Los paisajes pierden su protagonismo para cederle al lugar a la gente. La calidez, la hospitalidad, la sensación de bienvenida se vuelven la clave para decidir si una ciudad es bonita o no.

Mi vida estos últimos años ha sido una larga sucesión cíclica de trabajo-ahorro-viajo. Al inicio de uno de los últimos ciclos, mi próximo destino era Asia. A Paul le ofrecen un trabajo en Mongolia, justo está en Asia, nos tenemos que casar para que sea todo más fácil. Y así sin más un día, medio de la nada, me encuentro diciendo “che, ¿y si hacemo una fiesta?”. Minutos más tarde: “Y si la hacemo en Argentina?”. Desde ese momento en adelante, Indonesia, Tailandia y Cambodia perdieron todo mi interés. Al principio era una quinta. Seguro había asado. Después hubo vino. Iban mis amigos. Y la familia de mis amigos. Y los amigos de mis amigos. Y la vecina, Daniela, porque la invitó a mi abuela al cumple de 15 de su hija. Y ahí se fue de control. Ahí ya no había Asia, África ni Disney que me sacara de la cabeza la imagen de todos mis amigos y conocidos de todas partes del mundo reunidos, por un día, con pileta asado, vino y campeonato de truco. En mi país.

Así, hoy puedo decir que tras años de recorrer muchos países mi viaje más importante es el mes que viene. Un día en mi vida en el que juntaré todo lo que me dejó el ser una trotamundos: la gente; mi compañero de vida, mi familia, mis amigos, más un buen asado, buen vino y una pileta. Espero que todos me puedan acompañar en esta aventura. 

viernes, 27 de junio de 2014

Vivir un mundial en otro país

Nunca fui muy fanática del fútbol (¿el técnico? ¿este año? Pasarela, ¿no? Ah, no, Pekerman). Sigo creyendo que Simeone aún juega y que Verón está en el plantel. Mis conocimientos de fútbol quedaron allá con mis amigos y familia, parece.
Sin embargo, el mundial, como todos ya sabemos, tiene esa mágica capacidad de volvernos ultra nacionalistas de un día para el otro y convertirnos a todos en unos entendidos. Hasta opino, mirá, quién lo iba a decir. Ahora ya sé quién es Dimaría, el Pipita y sé hasta los detalles de la vida conyugal del Kun (al resto, exceptuando a Messi, creo que no los conoce nadie tampoco, ¿no?).
En  Bruselas, Bélgica, un grupo de Facebook organiza los encuentros en un mega bar donde se venden empanadas, bailamos cuarteto y profesamos un exceso de argentinidad que le daría asco al porteño promedio. Fuera del bar somos uno más. Otro inmigrante, otro extranjero.

Pasé el mundial anterior en Colombia, festejando con mi amiga española. No me acuerdo si la selección colombiana había siquiera clasificado. Pero en Bélgica la cosa es diferente. Por primera vez en años clasifican y, como si fuera poco, ganan y pasan a octavos. Una locura. Banderitas, pancartas, remeras, caras pintadas, propagandas... Buenos Aires en rojo, negro y amarillo (los colores de la bandera. Sí, ya sé, yo tampoco la conocía antes de venir). Me perdí el primer partido trabajando pero, teniendo amigos belgas, me vi forzada a ver el segundo. En un bar. Cantos, gritos, euforia.
Para el que es tan desentendido como yo sobre los pormenores del balón pie, debo destacar que no es casual que Bélgica no haya estado en mundiales anteriores: juegan mal. Bélgica juega bastante mal (a diferencia de Argentina que sólo está pasando una mala racha, OJO). De todas formas, la esperanza es lo último que se pierde, es por eso que cuando uno mira un partido rodeado de locales, los gritos comienzan en el momento en que un jugador belga toca la pelota. El mismo puede estar en su propio lado de la cancha, junto a su arquero, puede convertir un gol en contra, no importa, si Bélgica está en poder del esférico (esta variación para decir "pelota" la aprendí hace poco) la reacción de la gente es siempre la misma: locura. Sin ir más lejos, anoche contra Corea (creo fervientemente que los coreanos deben de tener aptitudes para todo, menos para el fútbol) ni bien Bélgica pasaba la media cancha, se escuchaban gritos de gol. La pelota pasaba a tres metros del arco del oponente y se miraban entre ellos aspirando saliva con el característico gesto de "la pucha, casi". Los pases iban a los coreanos; cada tres segundos alguien hacía una falta; cada rechazo del arquero belga era una fiesta (jugó bastante el arquero, eso es cierto. Aunque Corea se empeñaba en que ningún tiro fuera realmente una amenaza); "la figura" erró tres goles que, no voy a decir que yo habría hecho porque diosito no me dio habilidad física alguna, pero que cualquier persona normal haría. Y así y todo, festejaban, como nunca.

Sólo espero que Argentina le gane a Suiza. Y que Bélgica le gane a los Estados Unidos. Y así se dé el gran Bélgica - Argentina y yo pueda llegar al bar con mi camiseta (que voy a tener que comprar porque nunca tuve una y ya me dijeron de un lugar donde se ve que son truchas y están bastante baratas pero bueno, qué importa, ¿no?). Y ahí, ahí sabrán lo que es el fútbol... porque casi que todo lo demás ya lo saben. Pero qué es el fútbol. Eso sí que no.   

jueves, 9 de enero de 2014

La vida europea: aprendiendo a ser burguesa

Y la verdad es que se aprende rápido...
Tal y como se puede ver en mi crónicas anteriores (si no las vio, no importa, me gusta autocitarme), se podría decir que es difícil pertenecer; es complicado ingresar al sistema europeo.
Se necesita, fundamentalmente (cabe destacar que son muy severos con las regulaciones y el cumplimiento de requisitos en este aspecto), ser europeo. Una vez que uno dispone del pasaporte, sólo quedan una serie de trámites burocráticos (el domicilio, papeles, contratos, impuestos, seguridad social, carnet de identidad) y listo. ¡A gozar!
Cuando se  tiene el bendito librito bordó y un teléfono y una computadora y un domicilio real y una cuenta bancaria y un contrato de trabajo, ya está. No se necesita nada más.


Sé que más de uno pensará "mierda, conseguir todo eso no es tarea fácil". Sin embargo, el infinito horizonte de holgazanería y relajación que suceden al lograr pertenecer, hacen que valga la pena el esfuerzo.
Al momento en que uno alcanza lo que el estado requiere como necesario para ser un ciudadano digno, ¡se puede dejar de serlo!  Debo confesar que aunque me siento tentada a pedirla, no recibo ayuda social alguna. Ya que, con algunas horas de clase privadas por semana  me alcanza y sobra para vivir y viajar. Si a eso le sumamos que no pago alquiler y que soy una rata que sólo consigue cosas de segunda mano o de mercados gratuitos (sí, acá hay mercados gratuitos. Llevás lo que ya no querés, te agarrás lo que te sirva de lo que los demás dejan), listo calisto.

El problema es qué hace uno con tanto tiempo libre. El europeo promedio trabaja mucho, no se conforma con las tiendas de segunda mano, siempre hay un teléfono más nuevo y más caro que adquirir y además, todos esos años de formación de materializan en puestos cada vez más altos y tareas más complejas. Si, como en mi caso, uno no aspira a escalar posiciones o no le interesa adquirir objetos nuevos, uno se encuentra con la sorprendente realidad de que trabajando poco, alcanza y sobra.

Para responder a la pregunta anterior se me ocurren varias opciones: a) estudiar (en francés? en serio? Después de dos niveles de francés decidí que el idioma mucho no me gusta. Ahora estoy aprendiendo rumano); b) ser madre (en Bélgica? con este frío?); c) Salir. Ver museos, exposiciones, muestras (en Bélgica? con este frío?); d) Leer. Mucho. Y escribir. Mucho (en francés? con este frío?).

Por lo tanto, aunque Europa me ha dado una estabilidad que me asusta con lavavajillas, microondas, lavarropas y una heladera llena de comida, añoro con nostalgia, por momentos, mis noches de aventurar en Belize durmiendo con cucarachas. Si hay algo que aprendí con los años, sin embargo, es que no hay ni bien ni mal, ni blanco ni negro y aunque mis años de viajera son muy diferentes de mi realidad, si hoy por hoy me he convertido en una cerda buguesa es porque soy bastante pelotuda, no porque Europa sea despreciable y lationoamérica la panacea.


Así que me senté frente al ordenador  y me dije "Sofía, qué bien tenés el cutis"(porque justo me había puesto una crema que me regalaron, pero, no, no, me dije otra cosa). Me dije: si te molesta estar pasiva, hacé algo y no seas tan estúpida como para culpar a la sociedad y al entorno que te rodea por haberte dado más del confort que necesitabas. Así que escribí esto, que no es gran cosa pero convierte mi día en algo un poquito más productivo.    

lunes, 12 de agosto de 2013

Trabajar con niños por un año – confesiones de una profesora que prefiere trabajar con adultos



Trabajar con niños es- los pequeñines son- la experiencia es… interesante. Como en el mundo y en la vida real, algunos te caen bien y hay otros a los que sencillamente querés cagar a trompadas. Hay, sin embargo, un fuerte pudor con el admitir abiertamente “ese nene no me gusta porque me cae mal”. Principalmente porque uno, como educador y enseñante, debería liberarse de prejuicios y tratar a todos por igual.
Eso es una mentira. Sepan la verdad. A la maestra, algunos le caen bien y otros le caen mal y los que caen mal reciben otro trato. Es así.
A veces, los que caen mal son maleducados, caprichosos o molestos. Otras veces,  simplemente…  caen mal. En mi caso en particular, suelen gustarme los marginados (me rompen bastante las bolas, pero no puedo evitar pensar que son el producto de padres desamorados), me gustan los que son independientes y me encantan los que se portan bien. Uno se pregunta el porqué de estos estereotipos, por qué a la maestra le caen siempre bien los chupa medias, los que hacen la tarea, los cerebritos… no es que caigan SIEMPRE bien, pero cuando tenés un montón de pendejos a los que no le interesa un carajo lo que estás diciendo haciendo quilombo  y tenés uno ahí solito, perdido, con cara de gil que te pregunta cosas interesado en el juego y la actividad… le tomás cariño. Eso es inevitable. Sí creo romper con el estereotipo de que sólo los inteligentes o con aptitud para el aprendizaje son los preferidos, porque estos me caen mal sin no muestran interés. En cambio, los duraznos que intentan e intentan y le ponen garra… esos quedan en el corazón.
En definitiva, los nenes no son todos lindos. Algunos son tan hincha pelotas que sus padres pagan mucho dinero para que pasen 8 hs diarias conmigo todo su verano (estoy replanteándome el para qué adoptar, ya cuido los hijos biológicos de otros y encima me pagan, je). Ahora, el dilema es qué fue primero ¿la rompepelotez o el desentendimiento parental?
Porque en Europa hay mucho confort, lujo y bienestar, pero los instintos y los lazos familiares caducaron el siglo pasado… están demodé.
Señor padre, si su hijo es un rompe pelota, quédeselo usted en su casa algunas horas diarias y pregúntese por qué carajo le salió así, ¿no le parece?  Si me lo manda a mí, sepa que existe la posibilidad de que en algún momento de la semana, lo trate mal.

martes, 19 de marzo de 2013

La clave del éxito

El título de esta crónica genera mucha expectativa, ¿no? Bueno, tal vez no, pero al menos suena prometedor. Quizá el lector anticipe una disertación sobre negocios, economía y finanzas; aunque si me conoce, seguramente no lo haga. O quizás, para ponernos en un plano más espiritual, más de uno crea que voy a profundizar en el ser y la existencia. Pero no.
En Latinoamérica, más precisamente en Buenos Aires, más puntualmente en la provincia, más concretamente en mi casa, la clave del éxito es tener novio.
Llegamos con Paul* un domingo por la noche para vivir dos semanas intensas de vida social, sol, calor y cariño. Lo que para él eran "vacaciones" se convirtieron en un recorrido frenético y vertiginoso por casas de familiares y amigos. El cambio fue imperceptible, casi natural. Creo que un tanto inducido. Poco a poco, cada pariente y/o amigo me recibía con un "¿y dónde está Paul?" o más bien "che, ¡qué divino Paul!". Más de uno no podía disimular su genuina sorpresa acompañada de un "che, qué bien, ¿eh?" con las cejas arqueadas ocultando quizá un "yo que creí que era lesbiana...". Estaban aquellos cuya sorpresa era visible pero lograban disimularla. Otros, como mi abuela, por ejemplo, no escatimaban en halagos y declaraban abiertamente su desconcierto "pero, ¿cómo hiciste para enganchar un tipo así? Es bueno, dulce, buen mozo y tiene plata. No lo dejes, ir, ¿eh? Tonta, no lo dejes escapar, ¿eh? Casate, con este casate". Paul presenciaba la escena riéndose. Sí, mi abuela hablaba siempre delante de él. Sí, sabe que entiende español. Sí, mi familia es especial. Sí, los quiero mucho igual.
Como todo, el éxito llega así de un día para el otro sin que uno se dé cuenta. Dos semanas juntos con el ex "rumano raro" significaban para mí todo un reto. Como reconocida "commitment freak" en recuperación y tras esporádicas inseguridades y loqueos, la idea de que por una semana él pudiera viajar con sus amigos, me tranquilizaba. Grande fue mi sorpresa al descubrir que la gente quería más verlo a él que a mí. Pero fue todavía aún mayor al darme cuenta de que les caía bien, muy bien y, por extensión, ósmosis o vaya uno a saber qué, yo también caía mejor. Lamentablemente, sus amigos tuvieron que pasar más tiempo solos mientras la agenda de Paul se llenó de sobreturnos.
No me parece un gran descubrimiento científico el intentar definir a las personas por quienes la rodean. A veces uno peca de prejuicioso, pero si uno tiene buenos amigos, o una buena pareja o linda gente a su alrededor, por algo debe ser. Paul generaba comentarios del estilo "es una dulzura", "es un amor de persona", "che, tiene facha, ¿eh?", etc, etc. Y, por extensión, todo lo bueno de él se reflejaba en mí. Así, poco a poco fui relajándome y, por qué no, disfrutando cada vez más de que la gente viera a "mi Paulcito" (también conocido como Tototo). Y, el pobre Paul, de pasar un primer día tranquilo en el jardín, tuvo que asistir a un asado, una mateada en familia y una choripaneada el día antes de partir. Porque no era cosa de irme sin que lo vieran. Quién sabe si lo iba a volver a llevar en mi próximo viaje...
Tras muchas idas y vueltas, después de recorrer un continente sola; vivir y conocer las playas más lindas del caribe; estudiar; trabajar, de lo que sea; aprender a armar una carpa en cinco minutos en medio de la nada; conseguir casa, trabajo y amigos en Europa en plena crisis... lo único que necesitaba para alcanzar el éxito y reconocimiento de los míos era novio! Pucha, de haberlo sabido antes.

Hago uso de este espacio para agradecer a Paul, quien no, gente, no fue contratado para el viaje, no recibió dinero ni favores de ningún tipo. No, no duda de su sexualidad tampoco. No fue drogado ni forzado a viajar conmigo en calidad de novio. Y mostró una gran entereza y civilidad al hojear cada álbum de casamiento y responder con una sonrisa a preguntas sobre nuestra futura boda, cantidad de hijos a tener y demás cuestiones de índole personal y privada. 


*Para más información sobre él remitirse a "Eché novio y me aburguesé".


martes, 22 de enero de 2013

Cada día hago un poco menos...

Me metí en mi blog, todo empolvado, lleno de telarañas, sólo para leerlo un poco porque me imaginé que nadie lo miraba... Tamaña fue mi sorpresa al descubrir que sí, en efecto, nadie lo mira.
Así que me dije, a ver, contate algo así de vuelta alguien se mete a darle una mirada.... casi como casilla de mail alternativa que uno llena de porquerías que no sabe por qué quiere guardar y de vez en cuando se mete tras probar cinco contraseñas diferentes.
Hace mucho que no escribo porque... no hago nada. La verdad es que no hago nada, qué quieren que les cuente, ¿eh? Trabajo poco, muuuuuuuy poco. Y cada día lo sufro, con vergüenza, porque trabajo muy poco, pero lo sufro. Agarro mi computadora para diseñar la clase que le voy a dar a tres niños de los cuales irán dos, cada uno con un nivel diferente y sufro. Cuando vuelvo me pongo a cantarles las canciones que usé en clase a mis amigas, que me odian, y ahí me divierto ("in, on, under" la bailo también. Algunas están buenas, posta). Pero la verdad que trabajar con nenes no es lo mío. Me doy cuenta que sirvo más de animadora que de maestra, sé excitarlos, que canten, griten y bailen y después sólo quiero que los vengan a buscar...
Cuando no estoy dando clase en la escuela, estoy aprendiendo francés en mi curso de dos veces por semana. Falto bastante, porque es a la mañana. Y hace frío. Pero cuando voy la paso bien. La mitad de la gente es de Rumania. Muy pocos hablan español. Así que sólo puedo usar el francés para hablar con mis compañeros. Y a mí me gusta hablar. Así que sí, me divierto.
Ahora en Bruselas hay nieve. Y hace frío. A mí me da mucho frío el frío. Muchísimo. Es por eso que sólo salgo a la escuela, casa de alumnos, el curso de francés (cuando voy) y las fiestas. Porque a las fiestas hay que ir.
Ando en bicicleta. Voy a laburar en bicicleta. Sí, con el frío y la nieve. En invierno oscurece temprano, es por eso que todos llevan luces y chalecos fosforecentes. Yo no. Porque mi bici no trae luces y no voy a ir a comprarle (por esto que vengo diciendo de que cada día hago menos, ¿se entiende?). Así que cada vez que vuelvo de noche voy pensando que me van a atropellar. y juro que los conductores de los autos que me dejan pasar al clavar los frenos al último segundo, piensan lo mismo. Esa sintonía cósmica es única. Por eso no le pongo luces a la bici. El sábado me encontré tirado un chaleco, voy a empezar a usarlo. Aunque voy a cagar la sintonía.
A parte de no hacer nada, como. Como bastante. Porque hace frío y porque no hago mucho.
A ver, sí hago cosas. El otro día fui al dentista. Y un fin de semana estuvimos en Alemania, llena de alemanes, ¿podés creer? Nos metimos en un castillo y como Paul, que pasó gran parte de su adolescencia y juventud jugando a esos juegos de freaks medievales, sabe mucho de todas esas cosas me contaba sobre las armaduras y armas y demás. Ahí la pasé bomba. Les pongo foto.


También estuve en Suecia. Me cagué de frío. Pasé la navidad más navideña de mi vida. Como en las películas. Con árbol de verdad, villancicos, nieve, galletitas con formas navideñas y luces por todos lados. Yo andaba como perro con dos colas. Hasta me dejaron encender las velas del arbolito (pongo foto también, tranquilos).



También fui a Eurodisney. Una cagada. Nos dieron unos pases gratis. Como unas tarjetas con la foto de quienes las habían originalmente comprado. Se notaba que yo no era la de la foto, pero no les importó, por suerte. No fue una idea muy acertada ir a Disney en plenas vacaciones de invierno, la verdad. Si están pensando en ir, les aconsejo que no lo hagan. Ni en vacaciones ni nunca. Hicimos una cola por dos horas para entrar a un simulador de Star Wars que había sido construido claramente en los ochentas. Por suerte antes habíamos fumado (sí, ávido lector, yo no fumo!) así que se hizo todo mucho más ameno. Pero la verdad es que no es necesario ir a Disney para fumar.


Así que bueno, espero en un par de meses tener algo más que contar.

viernes, 26 de octubre de 2012

Eché novio y me aburguesé

Me disculpo por el silencio y me dispongo a narrar los últimos meses de mi vida... por si a alguien le interesa leer, por supuesto.

El Junio llegó a mi vida Paul o "el rumano raro que quiere novia", ya que así solía llamarlo. Paul llega de traje a tomar clases de español. Adicto al trabajo. Serio, formal. Tenso, estresado. Joven profesional que trabaja en telecomunicaciones. El alter ego de Ramita. En dos clases ya habla. A la tercera quiere que le enseñe el subjuntivo. Toma clases jueves y sábados por la tarde. Dos horas cada día. No falta nunca... En pocas palabras, un raro. Esos freaks que no tienen nada mejor que hacer que llegar a su casa y escuchar audios de español. ¿Superación personal? ¿Perfeccionista al extremo? Vaya uno a saber... Un raro. Para mí pagaba las clases para salir con una chica.

La cuestión es que mientras me burlaba de él con mis amigas, un sábado cae en camisa a lo Charlie Sheen porque tiene una cita, está saliendo con alguien... "miralo vos al rumano". Pienso para mis adentros.
Dos semanas más tarde me veo haciendo chistes en clase, siendo cada vez más amable y divertida...
Un jueves de Julio no aguanto más y se lo confieso a Nanna: "me gusta el rumano. No sé cómo pasó, dios. Pero me gusta el rumano".

Al sábado siguiente lo invité a mi cumpleaños y no le di ni tiempo de reaccionar. Pobre rumano.
Antes de terminar la noche le doy el discurso de siempre. El "no busco nada serio. Somos muy diferentes. Todos mis ex eran bla, bla, bla. Yo soy... y vos sos... Yo soy libre, la independencia, la revolución, el Che, Fidel Castro, Cristian Castro, etc".

Dos meses lo tuve así. Haciéndome la loca. Hasta que un día, como es de esperarse, me deja. Me dice: te quiero y quiero estar con vos (en inglés o en argentino, no me acuerdo. Ya para ese entonces quería que le enseñe argentino) pero así no. Hijo de re mil puta, quién se cree que es para venir a quererme, ¿eh? Así como si nada, de un día para el otro. Un desubicado.

Después de una semana de no vernos, acepté finalmente su invitación a cenar (cenar era de novios. No podía acceder, era perder terreno).
Y yo no sé si fue la comida. O fue el spa de Luxemburgo. O fue la ida de urgencia al hospital por la infección urinaria que me dio el uso indecente de las piletas del spa. Pero la cosa es que de ser "el rumano", Paul pasó a ser Paul. Y de no incluirlo en mis planes, pasé a refregárselo en la jeta al mundo entero para sólo sonreír después del "está guapo y es una dulzura, ¿de dónde lo sacaste?" "Y... tuve suerte..."

Cabe destacar que llega un momento en la vida de una mujer cerca de los treinta o en los treinta o pasando los treinta en que el cuerpo prende la alarma de la cuenta regresiva de óvulos... Es como si existiera un pacto implícito entre las convenciones sociales, la cultura y la biología. "Yo te dejo hacerte los tres másters y recorrer dos continentes pero en diez años se me termina la producción. Ahí, sos mía, tamo?". Entonces, una anda con su vida libre y feliz como el viento, envuelta en abstracciones, orgullosa de sus logros hasta que Juan Carlos Útero empieza a inmiscuirse en tus quehaceres cotidianos y si antes te gustaban los poetas o los intelectuales que vivían del arte, súbitamente el instinto te dice "con este un polvo, m'ija. Nuestra producción es para ese" señalándote al medio timidón del costado al que le encanta jugar con sus sobrinos...

Sí, gente. La naturaleza no es tonta. Ya lo había dicho Schopenhauer hace tanto tiempo que ya todos nos olvidamos... El yin y el yan; el bien y el mal; la dama y el vagabundo; los Pimpinela. El universo es equilibrio en estado puro, la búsqueda constante de la armonía. Así se juntan el yuppie con la hippie loca. Él sueña con viajes exóticos mientras ella se come lo que hay en su heladera; él aprende a rescatar objetos de la basura y despreciar lo material mientras ella juega con su smart phone, fascinada ante semejante objeto mágico, misterioso. Situación digna de una canción de Arjona.

Avezado lector, sé que para este entonces ya habrás descubierto la oscura verdad y pensarás para tus adentros "pobre rumano, ¡huye! ¡Huye mientras puedas! ¡La rara es ella!". Pero, afortunadamente, algo aprendí tras tantos años de errores y, tarde pero seguro, pude descubrir, como mundana y ordinaria roca que soy, que estaba frente a un diamante en bruto. Y sí, tuve suerte.

Ahora Paul toma clase de vez en cuando. Cada semana visitamos un país diferente. A los dos nos gusta viajar y fantasear con la idea de adoptar un pibe en cada continente que visitemos (menos en Europa, creo que ahí lo haríamos). Le hablo gran parte del tiempo en español. Ya usa el subjuntivo. Entiende todo a la perfección. En unas semanas se va de viaje por un mes a sudamérica. Lo voy a extrañar.

Querida amiga (porque esta crónica más que parte de un blog de viajes debería ir al correo de lectores de la Para Tí), la próxima vez que rechaces la invitación al café del que trabaja en la oficina de al lado porque estás encajetada con el rubio ese que hace diecisiete años que estudia psicología y escribe para esa revista local de la que habla todo el tiempo, pensalo dos veces. Podés estar dejando ir a tu rumano raro... y nadie tiene la suerte de cruzárselo más de una vez en la vida.




martes, 21 de agosto de 2012

Stoumont

El paisaje me recuerda a los montes que vi a través de la ventana del tren en Bolivia; los valles verdes del noroeste argentino; la fertilidad de Chiapas. Sin embargo, no logro deshacerme de esa constante sensación de agobio. El espacio me sofoca. Me siento atrapada en medio de la naturaleza.
Las colinas de Bélgica son prolijas, pulcras, sometidas. No puedo evitar sentir la represión de la tierra que, ultrajada, se subyuga. Los bosques me miran con vergüenza ante la batalla perdida. Sí, se dieron por vencidos y se dejaron conquistar.
No existe el medio de la nada en Bélgica. Todo el paisaje está interpretado. En una villa de 500 habitantes, a la espera de encontrar al octogenario sentado en la puerta de su casa cuya única tarea es saludar a quien sea que pase, sólo me topo con camionetas estacionadas en la puerta de casa ostentosas que no tienen alma. ¿Dónde está la gente una noche de verano? ¿Dónde está el vecino que sale a vender su producción casera?
Una villa en medio de la nada en Bélgica es un barrio privado de Buenos Aires trasladado al monte cordobés. Eso, pero sin cordobeses. Sólo con belgas. Así, vagué por la única calle, sus 300 mts. de largo, una expresión de decepción que me duró hasta dormirme. Eran las nueve de la noche. Estaba atardeciendo. Hacía calor. Sólo quería una ecrveza. Era verano. Estaba en Bélgica.

martes, 12 de junio de 2012

Los controladores o el sino malvado


Como ya antes comenté en capítulos anteriores*, Bruselas ofrece todas las posibilidades para viajar colado en todos sus medios de transporte... Debilidad ante la cual una sudamericana en bancarrota sucumbe fácilmente.

Hay unas maquinitas naranjas a las cuales uno tiene que acercarse (sí, acercarse uno. Sí, a pagar. Sí, uno) que, como ya les había anticipado, no accionan mecanismo alguno que permita el paso. Es decir, si no pago, entro igual. ¿Necesitan que diga más?

Sin embargo, los seres grises y pseudo imaginarios de mi crónica anterior finalmente se materializaron... y cómo.
Salgo del subte y veo al cúmulo de guardas a la salida de la escalera mecánica. Subo igual, saco mi tarjeta sin usar (es necesario meterla en la máquina y que te imprima la fecha. Si está sin usar, se paga la multa... 100 euros). Se la muestro y en español y con mi mapa en mano y una sonrisa pretendo estar en regla. El chancho me empieza a hablar en francés, después en inglés y al ver mi cara de pánico me deja pasar creyendo que se le escapaban verdaderos infractores mientras una turista desinformada le hacía perder el tiempo.
Sudamérica 1 - Europa 0

Como si no hubiera aprendido mi lección... Hoy me subo al colectivo y a la parada siguiente (ni dos, ni tres. Una, sólo una) sube el chancho con toda una comitiva que lo espera debajo. Veo la situación, saco automáticamente mi pase sin usar y me acerco a entregárselo. Éste no me creyó tan estúpida (le faltaba conocerme aún), es por eso que me hizo bajar para que hable con su supervisor.
Mis nervios eran reales, el cuerpo me ardía. No llevaba mi pasaporte conmigo. Retomo mi cara de pánico y les digo que compré el ticket en el día y que hacía poco que había llegado. Me preguntan más y más y cuanto más me preguntaban... Más les preguntaba yo. Uno de ellos habla español, el que me bajó y es entonces cuando empieza a explicarme cómo funciona el sistema de transporte en Bélgica. Yo lo miro extrañadísima mientras digo "pero tiene la fecha de hoy" (sólo traen un código. Mi ticket tenía como dos meses); "pero yo fui al metro a comprarlo porque sólo se compra ahí" (los colectivos tienen una gran ventanilla donde el chofer te vende boletos); "pero, dónde lo meto, si todos tienen como una tarjeta magnética (acompañando mi explicación con el movimiento de la tarjeta al pasar por el aparato)" (mentira, hay dos maquinitas, una para cada cosa); "pero si cuando lo vi a usted yo me acerqué porque hay que dárselo a usted" (no, sólo cuando hay control, me explica el señor). Creo que tanto el gordito que me bajó como el de anteojos que al principio me tenía bronca y después lástima le agradecían a dios no haber tenido una hija tan estúpida. Si en el imaginario europeo latinoamérica usa taparrabos y vive de la caza y de la pesca, yo estuve como prueba fehaciente de que, encima, somos bastante lelos.
Sudamérica 2 - Europa -1. Les cabe el negativo, no pueden ser tan giles.

Lo mejor es que, a medida que me iba dando cuenta de que me creían, mis preguntas eran cada vez más, las repetía, agregaba comentarios, les ofrecía de ir hasta casa a buscar el pasaporte (porque aparte, eso, ni pasaporte tenía).
Al final, pasan mi boleto por la maquinita y me dicen que tome el próximo que llega en cinco minutos. Extrañada les digo, "pero tengo que sacar boleto. Este está usado ahora" (jua, más papista que el papa). Me preguntan adónde voy, y mientras pienso para mis adentros en la clase a la que llego tarde y que jamás facturaré, les respondo "a Forest (donde vive mi alumna). A la casa de una amiga. Es un parque grande (con las manos represento el concepto de graaaande), ¿no?". Agradezco su amabilidad. Me indican cómo ir. Subo al bus y parto.

A la vuelta caminé. Mañana me compro una bici. Sé que la tercera es la vencida.
Aún no sé si estar orgullosa de mí... o tenerme miedo.


*Véase "El transporte público en Bruselas".